lunes, 10 de octubre de 2016

Tratado de la delincuencia - Roberto Arlt



Tratado de la delincuencia


Roberto Arlt


Asalto en banda y a mano armada
(El Mundo, 12 de diciembre de 1929)


En Rosario ha ocurrido un espectacular asalto. De prepotencia, cuatro señores armados de revólver han dejado en el riel a dos pagadores del F. C. Rosario a Puerto Belgrano. Tan en el riel, que se les llevaron dos valijas. Una chica y otra grande. La grande, como es lógico, tenía más plata: noventa mil pesos; la chica, tres mil.

Pero como los señores asaltantes son personas generosas y normales, tiraron a la chica (me refiero a la valija) por la ventana y se quedaron con la bolsa grande. A estas horas Investigaciones de Rosario e investigaciones de la Capital siguen una pista que no puede fallar.


Con optimismo

A la gente le parece una burla esto del optimismo de los podencos de los investigadores; pero no, ellos tienen razón en ser optimistas. Si no se descubre nada no pierden un céntimo.


Cómo se prepara un asalto

Más de un lector se ha de decir: ¿Cómo diablos ocurre siempre que estos asaltantes no dan un golpe en falso?, y como el asunto entra en la técnica del asalto, yo, modestamente, voy a dar mi opinión, basada en revelaciones del gremio de los podencos investigadores y en el de las confidencias que me han hecho las liebres que huyen a los podencos.

Podríamos formular este postulado: Si usted necesita un traje, no va a lo del zapatero. Es decir, que si usted trabajara de ladrón no iría a la casa de un pobre a robar. Iría a la de un rico. ¿Pero cuál es la casa del rico que elegiría usted? ¿La muy vigilada o la escasamente vigilada?
¡Es de cajón me contestará usted que iré a la que no está vigilada! ¿Ha visto ahora como usted mismo se está sintiendo asaltante pero ideológico, nada más?

Bueno; entremos en materia

Cuando cuatro caballeros se reúnen en materia con el exclusivo y absoluto fin de asaltar a sus prójimos, y de eliminarlos si se ofrece el caso, estos cuatro caballeros, de los cuales siempre uno es muy bruto y salvaje y otro muy astuto e inteligente, se dedican a esta tarea: pasear.

Pasean en grande. Por todos los rincones de la ciudad. Y usted sabe que cuando uno pasea, aun sin querer, observa. ¡Imagínese como observará queriendo observar!


Lo que ocurre

Si usted se dedica a la literatura y lee mucho, en cuanto toma un libro y lee dos renglones se encuentra inmediatamente en situación de decir: Este libro es una porquería, o este libro es bueno. Y no se equivoca nunca.

Lo mismito le ocurre a un señor que se ha dedicado al asalto en banda y mano armada.

Pasea, hace footing y, sin embargo, no por ello descuida sus intereses ni los de los demás.

Pongamos por ejemplo que pasea por un barrio solitario. A un costado, a doscientos o trescientos metros, hay una avenida solitaria. A quinientos metros un vigilante que, con caballo y todo, no suma un vigilante entero. A seiscientos metros del vigilante, una fábrica.

En redor, casitas modestas. Muy mal ladrón y muy mal asaltante debe ser aquel que no se da cuenta que el cobrador o pagador de los empleados de esa fábrica puede ser víctima de un asalto, que en el noventa y cinco por ciento de las circunstancias, tiene que tener éxito.

Cuando uno de estos profesionales paseando descubre una ganga así, observa de inmediato a los alrededores. Cuántas puertas tiene la fábrica, cuántas paradas policiales hay en las proximidades del lugar, qué intensidad tiene el tráfico. Inmediatamente le notifica a sus socios las notas tomadas.

Al día siguiente, y a otra hora, se pasea por ese barrio el fulano de turno. Al día siguiente, otro. Y al final de un mes o de una semana el barrio está tan estudiado que los apresurados comerciantes conocen casi la vida y milagros de cada vecino.

De qué modo se puede o no entrar a la fábrica. Por qué lado es más cómodo disparar, y si ese lado falla, cuál es el que lo puede reemplazar.

Estudiado el problema topográfico, hay que estudiar el problema personal.  Cuando y a qué horas el cobrador va a buscar el dinero al Banco para abonarles ese mismo día los jornales a los empleados y obreros.

Este dato se consigue fácilmente. Trabaje usted un mes en una fábrica y va a ver cómo, sin querer conocer esos detalles, entran en su conocimiento. Imagínese ahora si usted tiene interés, qué rápido lo averigua. Nada puede quedar oculto a la curiosidad humana. Nada resiste al trabajo de la imaginación de los hombres.


El asalto

Entre cuatro sujetos que se dedican al asalto en banda y a mano armada, siempre dije que hay uno que es el más inteligente y otro el más bruto.

Por lo general, el más bruto es el más audaz. El más inteligente, por regla general, es frío. Hielo en la superficie y fuego abajo. El más bruto, por ser más inconsciente, es el que, en el momento del asalto, entra a tallar a tiro limpio. Se juega la piel como quien toma un vaso de jugo de uva.

Y los resultados casi siempre son los mismos. Un señor con el pellejo horadado de varios tiros; una suma más o menos importante de dinero que desaparece, y luego, todo el personal inferior y superior de Investigaciones, echándoselas de Sherlock Holmes en las narices de los periodistas, que no saben a quién retratar, si al perro que fue testigo del asalto, a la huella que dejó en el barro el auto al fugar o al sobrino de un señor cuyo hermano tiene una novia que cree haber visto a un automóvil amarillo que rajaba por la calle del asalto.


De lo que no nos puede quedar duda, es de que estamos progresando.

Antes no se asaltaba con los procedimientos actuales. A lo más, un robo o un crimen; pero esas hazañas las hacían de bárbaros y brutos que eran. Hoy no. Ya tenemos, desde hace varios años, en actividad en este país a una serie de bandas perfectamente organizadas.

Se habla de Roscigna, el consocio de los hermanos Moretti, asaltantes del Rawson y de la agencia de Montevideo. Es un individuo inteligente, sabe hablar muy bien, sus modales son irreprochables, gasta lentes; ha leído a Bakunín y a todos los maestros de la escuela Positivista, y es el único que ha escapado a la policía de Montevideo y a la porteña.

Indudablemente es un señor preparado.

No sé por qué se me ocurre que algún día nos proporcionará la sorpresa, cuando tenga capital, de introducir ametralladoras en un automóvil blindado ¡y entonces va a haber que hamacarse!

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sábado, 8 de octubre de 2016

Memorias de un vigilante - Fray Mocho



Memorias de un Vigilante

Fray Mocho


Ellos

Entre reos lunfardos hay cinco grandes familias: los punguistas, o limpiabolsillos; los escruchantes, o abridores de puertas ; los que dan la caramayolí o la biaba, o sea los asaltantes; los que cuentan el cuento, o hacen el scruscho, vulgarmente llamados estafadores, y, finalmente, los que reúnen en su honorable persona las habilidades de cada especie: estos estuches son conocidos por de las cuatro armas.

Más vale toparse con el diablo que con uno de estos príncipes de la uña, de los cuales Buenos Aires cuenta más de un ejemplar.

Ellos son, generalmente, los que educan y forman los muchachos, esmerándose en aquellos que revelan mejores facultades: son los que dirigen los golpes de importancia; los que dan el cebo, o sea el dinero necesario para realizar el robo, que hasta para eso se precisa plata, dada la situación a que ha llegado el mundo; en fin, son los grandes dignatarios de su orden.

Cada especie tiene su fisonomía especial, sus costumbres propias y su manera de ejecutar un trabajo, por más que todas tengan siempre un punto de contacto, menos el punguista, que es siempre el empresario de sí mismo.


El campana

El punto de contacto es el campana, es decir, el que busca la casa o el hombre fácil de robar, el que estudia el medio de efectuarlo, el que está en relaciones con los que cambian lo robado por dinero: la providencia en forma de hombre.

Bien considerado, estos campanas son los verdaderos ladrones; los que efectúan el robo son solamente sus instrumentos.

Jamás se comprometen en nada, y es difícil que la policía los descubra. Adoptan todo el aire de gentes honradas, trabajan, tienen oficio, profesión o industria conocida : son sirvientes, mozos de hotel, changadores, comerciantes, rentistas y hasta pueden inspirar confianza y ser honorables, mientras no haya posibilidad de tirar la piedra y esconder la mano.

¡Cuántas veces están protestando honradez y tienen entre los dedos el pedazo de masilla o cera con que al menor descuido, moldearán una llave!

¡Cuántas veces están jurando adhesión a sus patrones y ya tienen oculto dentro de un mueble al amigo que va a dar el golpe! ¡Y luego son los más empeñosos en llamar a la policía y darle cuenta del hecho, suministran datos y noticias, sospechan que al ladrón lo han visto rondando la casa y que es de este porte y del otro!

¡Cuántos de ellos han acompañado en sus investigaciones a un comisario y lo han extraviado con sus mentiras, y cuántos también han sido imprudentes y han ido a pagarlo en la Penitenciaría!

¡El campana presta servicios a los ladrones, pero que digan éstos lo que les cuesta: siempre se lleva él lo mejor del toco, o sea del monto de lo atrapado!

¡Sus comisiones son algo de fabuloso!

Sin embargo, el negocio tiene sus contras. Veces hay que ha hecho efectuar un robo valioso, y cuando va a retirar su parte se encuentra con una puñalada o con que, sencillamente, le dicen que no sea zonzo, y se le alzan con el santo y la limosna, acción que se llama dar el rostro.

Al campana robado le queda aún como arma la delación y la usa como venganza ; si los ladrones son tomados, éstos no dejan de envolverlo en sus declaraciones, y se hunde con ellos, y si no lo son, se ve libre y queda aguardando una oportunidad de hacerles caer en las garras del gallo policial: este es el origen verdadero de más de una pesquisa curiosa que ha servido para bombo a algún inútil.

¡Venganzas de campana, o como quien dice, puñaladas por la espalda!

Y los ladrones saben lo que vale un buen campana. Una vez me dijo uno, habiéndole yo preguntado que "a qué se dedicaba por ahora".

-¡Vea, señor, tengo un campana que ni de oro_, y trabajo de católico!

-¿De católico?

-Sí, señor_ ; es decir, ando con el asunto de las limosnas para el hospital_, ¡y al que me cree lo ensarto!


Al revuelo

Los lunfardos que cuentan el cuento, dan a cada uno de sus robos un nombre distinto y apropiado a los medios que usan para efectuarlo.

Cuando estafan, valiéndose de los sentimientos religiosos, dicen que han hecho "un católico", y si han empleado el recurso de los papeles inservibles, o sea el balurdo, han hecho un toco o un vento, mischo.
También tienen otro golpe lucrativo, que es el cambiazo, o sea el engaño, la mistificación, otra prueba del ingenio de estos perdularios que si dedicaran su inventiva y sus facultades a cosas útiles, producirían verdaderas maravillas.

Un señor, vestido con cierta elegancia, comienza a llegar a hora determinada a un almacén, cuyo propietario encierra en el fondo de su alma un inmoderado deseo de lucro, que tal vez ha pasado desapercibido para el vulgo, pero que el olfato finísimo de los estafadores ha descubierto.

Compra, por ejemplo, un paquete de cigarrillos y una caja de fósforos, diariamente y a la misma hora : el almacenero nota la singularidad y designa a su cliente con el mote de "el de los cigarrillos", llegando un momento en que ya el cliente no tiene ni necesidad de solicitar su consumo.

Cuando ya ha sido notado, pregunta un día si hay buen Oporto o buen Coñac, y toma una copita de pie, al lado del mostrador, con aires de hombre cuya dignidad se sentiría deprimida penetrando al despacho de bebidas donde pulula el vulgo de los bebedores.

Este pequeño consumo a hora fija, establece una especie de intimidad entre el almacenero y su cliente, que, como es locuaz y comunicativo, le hace saber que es un funcionario de categoría elevada, más o menos en los ramos en que el almacenero pueda tener algún día necesidad de un buen padrino, o si no hombre de influencia en el círculo político dominante o con el comisario de la sección o con la comisión de higiene de la parroquia.

Iniciada la amistad, y luego intimada merced a la regularidad del consumo de la copita y el buen pago diario, con propina de los dos o tres centavos sobrantes y sin aceptar el fiado ofrecido, un buen día el hombre se saca un anillo con un gran solitario, o un rico reloj de oro, con cadena maciza y vistosa, y dice al almacenero:

-¡Vea! ¡Hágame el favor de hacerme tasar esta prenda con algún joyero de su confianza, algún amigo de conciencia! ¡Tengo necesidad de saber exactamente su precio!

El almacenero acepta complacido la comisión, y al otro día le informa que la alhaja es riquísima y que puede valer como mínimum seiscientos pesos.

-¡Bueno, amigo! ¡Me alegro! ¡Estoy salvado! Figúrese que necesito trescientos pesos por cuatro o cinco días para un compromiso, y un usurero a quien le llevé la prenda me dijo que ésta no era buena y que por ello, si me daba los pesos por cinco días, me cobraría cincuenta de interés.

-¡Qué bárbaro! -dice el almacenero, escandalizado, pero brillándole los ojos.

-Voy a buscar otro más humano, ¿no le parece?

-¡Claro!

-¡Le dejo la prenda y le pago treinta pesos cuanto más!

-¡ Es natural! ¡Vea, si no se ofende..., ocúpeme con confianza! ¿Qué diablos, para qué son los amigos?

Y cierran el trato.

A los dos días se presenta el cliente con un amigo que va a comprar la prenda en setecientos pesos y quiere verla.

El almacenero la trae, la ven, la revisan, y luego se la devuelven y se retiran los amigos, después de un consumo moderado del "Oportito" famoso, o del "Coñaquito, capaz de despertar a un muerto".

Y el cliente no vuelve a aparecer más por el almacén.

El almacenero, cansado de esperarlo, pone avisos en los diarios, llamándolo, si es muy amigo de formas legales, pero constatando con dolor, recién, que ignora, no solamente el domicilio del cliente, sino también su nombre y apellido.

La duda le asalta y va a ver al joyero que le tasó la prenda, y éste le declara rudamente que no es la misma que le llevó la primera vez sino una imitación.

Y aquí son los improperios, las maldiciones, el lamento con todas las personas que entran al negocio, pero nada le vale: el cambiazo se efectuó delante de sus ojos y no supo verlo, y los trescientos pesos volaron del cajón como por arte de encantamiento.

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Fray Mocho

(Gualeguaychú, 26 de agosto de 1858 - Buenos Aires, 23 de agosto de 1903)

Es el seudónimo de José Sixto Alvarez Escalada, escritor y periodista argentino famoso por sus retratos costumbristas y de época, frecuentemente escritos en clave humorística.

Nació en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, el 26 de agosto de 1858, hijo de los orientales Dorina Escalada Baldez y de Desiderio Alvarez Gadea. Estudió en el prestigioso Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, pueblo donde se inició como periodista.

Hizo un primer viaje a la ciudad de Buenos Aires en 1876 y luego se afincó en tal ciudad hacia 1879 cuando tenía 21 años. Era conocido por sus amigos como "Mocho" y más tarde se agregó, al seudónimo, el título de "Fray".

Trabajó en la policía de la recientemente creada Capital Federal y en 1887 publica la "Galería de ladrones de la Capital", un álbum de fotografías impresas fotomecánicamente con los retratos de los personajes de la "mala vida" de Buenos Aires.

Escribió en numerosos periódicos: El Nacional, La Pampa, La Patria Argentina, La Razón; en revistas: Fray Gerundio (de corta vida), El Ateneo, La Colmena Artística, Caras y Caretas. Escribió ensayos acerca de la vida en Buenos Aires de la última parte del siglo XIX: Esmeraldas, Cuentos mundanos, La vida de los ladrones célebres de Buenos Aires y sus maneras de robar, Memorias de un vigilante.

En 1898, publica el libro En el mar Austral, novela documental en la cual relata, merced a numerosos datos obtenidos por marineros y exploradores argentinos, la vida y los paisajes de la región fueguina a fines del siglo XIX.

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Glosario

-biaba: Salteamiento perpetrado con violencia.

-campana: Ayudante del ladrón que se coloca en acecho o sigue a alguien con el propósito de dar la alarma del caso.

-fray: Apócope de fraile. El vocablo latino frater, que puede traducirse como "hermano", llegó al occitano como fraire. De dicho término deriva fraile, una palabra que en nuestro idioma alude a los religiosos de determinadas órdenes.

-lunfardo: Ladrón. Jerga del ladrón porteño.

-mocho, mocha: adjetivo. 1. Que no tiene la punta, terminación o remate que tendría que tener por su naturaleza. 2. Que tiene el pelo rapado o muy corto.

-reo: (lunfardo y giros de Argentina) Vagabundo, cachafaz.

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viernes, 7 de octubre de 2016

La Penitenciaria - La vuelta de Martín Fierro - José Hernández


La vuelta de Martín Fierro
José Hernández

Capítulo XII
EL HIJO MAYOR DE MARTIN FIERRO

LA PENITENCIARIA



Jamás mi lengua podrá
Espresar cuanto he sufrido;
En ese encierro metido,
Llaves, paredes, cerrojos
Se graban tanto en los ojos
Que uno los ve hasta dormido.
......................................................
El mate no se permite;
No le permiten hablar;
No le permiten cantar
Para aliviar su dolor,
Y hasta el terrible rigor
De no dejarlo fumar.

La justicia es muy severa;
Suele rayar en crueldá:
Sufre el pobre que allí está
Calenturas y delirios,
Pues no esiste pior martirio
Que esa eterna soledá.

Conversamos con las rejas
Por solo el gusto de hablar,
Pero nos mandan callar
Y es preciso conformarnos;
Pues no se debe irritar
A quien puede castigarnos.

Sin poder decir palabra
Sufre en silencio sus males,
Y uno en condiciones tales,
Se convierte en animal,
Privao del don principal
Que Dios hizo a los mortales.

Yo no alcanzo a comprender
Por qué motivo será
Que el preso privado está
De los dones más preciosos
Que el justo Dios bondadoso
Otorgó a la humanidá.

Pues que de todos los bienes,
En mi inorancia lo infiero,
Que le dió al hombre altanero
Su Divina Majestá,
La palabra es el primero,
El segundo es la amistá.

Y es muy severa la ley
Que, por un crimen o un vicio,
Somete al hombre a un suplicio
El más tremendo y atroz,
Privado de un beneficio
Que ha recebido de Dios

La soledá causa espanto;
El silencio causa horror;
Ese continuo terror
Es el tormento más duro,
Y en un presidio siguro
Está demás tal rigor.

Inora uno si de allí
Saldrá pa la sepoltura;
El que se halla en desventura
Busca a su lao otro ser,
Pues siempre es güeno tener
Companeros de amargura.

Otro más sabio podrá
Encontrar razón mejor;
Yo no soy rebuscador,
Y ésta me sirve de luz:
Se los dieron al Señor
Al clavarlo en una cruz.

Y en las projundas tinieblas
En que mi razón esiste,
Mi corazón se resiste
A ese tormento sin nombre,
Pues el honbre alegra al hombre
Y el hablar consuela al triste.
......................................................
Y guarden en su memoria
Con toda puntualidá
Lo que con tal claridá
Les acabo de decir:
Mucho tendran que sufrir
Si no creen en mi verdá

Y si atienden mis palabras
No habrá calabozos llenos;
Manejense como güenos;
No olviden esto jamás;
Aqui no hay razón de más;
Mas bien las puse de menos.

Y con esto me despido
(Todos han de perdonar):
Ninguna debe olvidar
La historia de un desgraciado.
Quien ha vivido encerrado
Poco tiene que contar.
.......................................................

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jueves, 6 de octubre de 2016

Los Jurados en la Literatura



 Henri Charriére-Papillón



Primer Cuaderno

EL CAMINO DE LA PODREDUMBRE



 Tribunal en lo Criminal



     La bofetada fue tan fuerte que necesité trece años para sobreponerme. En efecto, no fue un sopapo corriente, y para dármelo se esmeraron al máximo.


     Es el 26 de octubre de 1932. A las ocho de la mañana me sacan de la celda que ocupo en la Conciergerie desde hace un año. Estoy recién afeitado, bien vestido, con un traje de buena confección que me da un porte elegante. Camisa blanca y moño mariposa azul pálido, como último toque a la vestimenta.


     Tengo veinticinco años y aparento veinte. Un poco cohibidos por mi aspecto de gentleman, los gendarmes me tratan cortésmente. Hasta me han sacado las esposas. Los seis, cinco gendarmes y yo, estamos sentados en dos bancos en una sala desnuda. Afuera está gris. Frente a nosotros, una puerta que seguramente debe comunicar con la sala del tribunal, porque estamos en el Palacio de Justicia del Sena, en París.



     Dentro de pocos instantes seré acusado de homicidio. Mi abogado, el doctor Raymond Hubert, ha venido a saludarme: "No hay ninguna prueba seria contra usted. Confío en que seremos absueltos". Me río de ese "seremos". Pareciera que él también, el doctor Hubert, compareciera ante el tribunal como inculpado y que si hay condena él también deberá sufrirla.


     Un ujier abre la puerta y nos invita a pasar. Pos los dos batientes bien abiertos, encuadrado por cuatro gendarmes y el ayudante al costado, hago mi entrada en una sala inmensa. Para calzármela, la bofetada, todo está revestido de rojo sangre: la alfombra, las cortinas de los ventanales y hasta las ropas de los magistrados que en seguida me juzgarán.


     -¡Señores, la Corte!


     Por una puerta, a la derecha, aparecen seis hombres, uno detrás del otro. el presidente y cinco magistrados, con las tocas puestas. Delante de la silla del medio se detiene el presidente. A la derecha y a la izquierda se ubican los asesores.


     Un silencio impresionante reina en la sala donde todo el mundo ha quedado en pie, incluso yo. La Corte se sienta, y es imitada por el resto de los presentes.


     El presidente, de pómulos mofletudos y rosados y aire austero, me mira a los ojos sin dejar de traslucir ningún sentimiento,. Se llama Bevin. Más tarde dirigirá los debates con imparcialidad, y con su actitud hará comprender a todo el mundo que, precisamente por ser un magistrado de carrera, no está muy convencido de la sinceridad de los testigos y de los policías. No, él no tendrá ninguna responsabilidad en la bofetada, él no hará más que servírmela.


     El fiscal es el magistrado Pradel. Es un procurador muy temido por todos los abogados del Foro. Carga con el triste renombre de ser el primer proveedor la guillotina y de las pentenciarías de Francia y de ultramar.


     Pradel representa la venganza pública. es el acusador oficial, no tiene nada de humano. Él representa la Ley, la Balanza, es el quien la maneja y hará todo lo posible para inclinarla hacia su lado. Tiene ojos de gavilán. Baja un poco los párpados y me mira intensamente desde su altura. Primero desde la tarima que lo sitúa más alto que yo y también desde su propia estatura, un metro ochenta por lo menos, que lleva con arrogancia. No se saca el manto rojo, pero coloca su toca adelante. Se apoya sobre sus dos manos, grandes como palas. Una alianza de oro indica que está casado, y en el meñique, a modo de anillo, lleva un clavo de herradura bien pulido.


     Se inclina un poco hacia mí para dominarme mejor. Pareciera decirme: "Buen mozo, si piensas escapar de mi te equivocas. No se nota que mis manos son garras, pero los garfios que van a desmenuzarte están bien guardados en mi alma. Y si soy temido por todos los abogados y estoy ubicado en la magistratura como un abogado general peligroso, es porque jamás dejo escapar mi presa.


     "No tengo por qué saber si eres culpable o inocente. Solamente debo usar todo lo hay en contra de ti: la vida de bohemia en Montmartre, los testimonios aportados por la policía y las declaraciones de los mismos policías. Con ese desagradable fárrago acumulado por el juez de instrucción, conseguiré volverte lo suficientemente repugnante como para que los jurados te hagan desaparecer de la sociedad".


     Me parece que, con toda claridad, oigo que me habla realmente a menos que sueñe, porque estoy en verdad impresionado por ese "engullidor de hombres".


     "Déjate estar, acusado, sobre todo no intentes defenderte: yo te conduciré por el camino de la podredumbre.


     "Y espero que no le creas a los otros jurados. No te ilusiones. Esos doce hombres no saben nada de la vida.


     "Míralos, alineados frente a ti. ¿Ves bien a esos doce quesos importados a París desde un lejano pueblo de provincia? Son pequeños burgueses, jubilados, comerciantes. No vale la pena describírtelos. ¿Acaso tú mismo no tienes la pretensión de que ellos, nada menos que ellos, comprendan tus veinticinco años y la vida que llevas en Montmartre? Para ellos, Pigalle y la Place Blanche son el infierno, y todos los que viven la noche son enemigos de la sociedad. Todos están excesivamente orgullosos de ser jurados en los tribunales del Sena. Además sufren, te lo aseguro, por su posición de pequeños burgueses con tribulaciones.


     Y llegas tú, joven y apuesto. Aciertas al pensar que no me molestará describirte como a un Don Juan de las noches de Montmartre. Así, desde el comienzo, haré de esos jurados tus enemigos. Estás demasiado bien vestido, debiste haber venido humildemente arreglado. Ahí has cometido una gran falta de táctica. ¿No ves que envidian tu traje? Ellos se visten de cualquier manera, y nunca, ni en sueños, fueron atendidos por un sastre".


     Son las diez y estamos listos para abrir los debates. Delante de mí están seis magistrados, entre los cuales hay un procurador agresivo que utilizará todo su poder maquiavélico, toda su inteligencia, para convencer a esos doce monigotes de que, sin lugar a dudas, yo soy culpable y que solo el presidio o la guillotina pueden ser el veredicto del día.


     Me juzgarán por el homicidio de un macró delator del ambiente de Montmartre. No hay ninguna prueba, pero los agentes de la Sûreté -que consiguen un galón cada vez que descubren al autor de un delito- sostendrán que yo soy el culpable. Y a falta de pruebas, dirán que tienen informes "confidenciales" que no dejan dudas. Un testigo preparado por ellos, verdadero disco registrado en el 36 Quai des Orfèvres, llamado Polein, será la pieza más eficaz de la acusación. Como yo sostengo que no lo conozco, en un momento dado el presidente, muy parcialmente, me pregunta: "Usted dice que este testigo miente. Bien. ¿Pero por qué tendría que mentir?".


     -Señor presidente, si paso las noches en blanco desde mi arresto no es por remordimiento de haber asesinado a Roland le Petit, puesto que yo no lo hice. Lo que busco es precisamente el motivo que ha impulsado a este testigo a encarnizarse conmigo y a presentar, cada vez que la acusación se debilitaba, nuestros elementos para reforzarla. He llegado, señor presidente, a la conclusión de que los policías lo usaron para cometer un grave delito haciendo negocio con él: te untamos la mano, siempre que cargues a Papillón.


     No sabía si debía decirlo. Polein, presentado ante el tribunal como un hombre honesto y sin condena, años atrás había sido arrestado y condenado por tráfico de cocaína.


     El doctor Hubert procura defenderme, pero no tiene la talla del procurador, solo la calurosa indignación del doctor Bouffay consigue poner en dificultades al procurador por algunos instantes. ¡Qué lástima, eso no dura mucho! La habilidad de Pradel lo hace ir más rápido en ese duelo,. Además, adula a los jurados, inflados de orgullo porque el impresionante personaje los trata como a iguales y colaboradores.


     A las once de la noche, la partida de ajedrez ha terminado. Mis defensores están jaque mate. Y yo, que soy inocente, estoy condenado.


     La sociedad francesa, representada por el fiscal general Pradel, acaba de eliminar de la vida a un muchacho de veinticinco años. ¡ Y nada de rebajas, por favor! La voz opaca del presidente Bevin me sirve el plato lleno.


     -Acusado, levántese.



     Me levanto. Un silencio total reina en la sala, todos contienen la respiración, mi corazón late un poco más rápido. Los jurados me miran o bajan la cabeza. Tienen expresión avergonzada.


     -Acusado, habiendo los jurados respondido "si" a todas las preguntas salvo a una, la de premeditación, está usted condenado a sufrir una pena de trabajos forzados a perpetuidad. ¿Tiene algo que decir?


     No me muevo. Mi actitud es normal, solamente aprieto un poco más fuerte la barra donde estoy apoyado.


     -Si, señor presidente. Quiero decir que soy realmente inocente y víctima de una maquinación policial.


     Detrás del tribunal, desde el rincón donde están sentadas las damas elegantes, las invitadas distinguidas, me llega un murmullo. Sin gritar les digo:


     -Silencio, las mujeres con perlas que vienen aquí a gustar emociones malsanas. La farsa está hecha. Un homicidio ha sido felizmente solucionado por su policía y su justicia. ¡Ahora deben sentirse satisfechas!


     -Guardias -dice el presidente-, lleven al condenado.


     Antes de desaparecer escucho una voz que grita: "No te preocupes, "mi hombre", yo iré a buscarte allá". Es mi brava y noble Nénette que aúlla de amor. Los hombres del ambiente que están en la sala aplauden. Ellos saben a que atenerse acerca de ese homicidio y me expresan también que están orgullosos de que yo no haya aflojado y denunciado a alguno.


     Al regresar a la salita donde estábamos antes de los debates, los gendarmes me ponen las esposas y uno de ellos queda ligado a mí por una corta cadena, mi muñeca derecha unida a su muñeca izquierda. Ni una palabra. Pido un cigarrillo. el ayudante me tiende uno y me lo enciende. Cada vez que lo retiro o que me lo pongo en la boca, el gendarme debe bajar el brazo o levantarlo para acompañar mi movimiento.


     Fumo de pie casi las tres cuartas partes del cigarrillo, nadie pronuncia una palabra. Soy yo quien, mirando al ayudante, le digo: "En marcha".


     Luego de descender las escaleras, escoltado por una docena de gendarmes, llego al patio interior del Palacio. el coche celular que nos espera está allí. En realidad no es celular porque hay cerca de una docena de bancos. El ayudante dice: "Conciérgerie".



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Papillón, Ed. Emece Editores S.A., Mayo de 1970, pág. 13/17.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Jurados penales - Gustave Le Bon



Psicología de las Masas
Gustave Le Bon
(Ed. Albatros SRL, Buenos Aires, Julio 1978)

Capítulo III: Jurados penales

Jurados penales - Características generales de los jurados - Las estadísticas demuestran que sus decisiones son independientes de su composición - La forma en que se puede impresionar a los jurados - El estilo y la influencia de la argumentación - Los métodos de persuasión - La naturaleza de los crímenes ante los cuales los jurados son indulgentes o severos respectivamente - La utilidad del jurado como institución y el peligro que resultaría de que su lugar fuese ocupado por magistrados.

No pudiendo aquí estudiar cada categoría de jurados examinaré tan sólo la más importante; la de los jurados de la Corte de Asís. Estos jurados ofrecen un excelente ejemplo de la masa heterogénea que no es anónima.

Hallaremos que demuestran tener sugestionabilidad y tan sólo una leve capacidad de raciocinio, mientras que se hallan abiertas a la influencia de los líderes de masas, estando guiadas mayormente por sentimientos inconscientes.

En el transcurso de esta investigación tendremos ocasión de observar algunos ejemplos interesantes de los errores que pueden ser cometidos por personas no familiarizadas con la psicología de las masas.

Los jurados, en primer lugar, nos ofrecen un buen ejemplo de la escasa importancia que tiene el nivel mental de los diferentes elementos que componen una masa en lo concerniente a las decisiones que toman. Hemos visto que, cuando se convoca a una asamblea deliberativa para dar su opinión sobre una cuestión cuyo carácter no es enteramente técnico, la inteligencia no sirve de nada.

Por ejemplo, una asamblea de científicos o de artistas, debido al mero hecho de formar una asamblea, no producirá, sobre asuntos generales, juicios sensiblemente diferentes de los que produciría una asamblea de albañiles o verduleros.

Durante varios períodos, particularmente antes de 1848, la administración francesa instituyó una selección cuidadosa de las personas convocadas a formar un jurado, eligiendo a los jurados de entre las clases ilustradas; designando profesores, funcionarios, hombres de letras, etc. En la actualidad los jurados se reclutan en su mayor parte de entre pequeños comerciantes, pequeños capitalistas y empleados.

Sin embargo, para gran asombro de los escritores especializados, las decisiones de los jurados han sido idénticas cualesquiera que fuese su composición. Incluso los magistrados, hostiles como son a la institución del jurado, han tenido que reconocer la exactitud de esta afirmación.

M. Berard des Glajeux, un ex-presidente de la Corte de Asís, se manifiesta sobre el asunto en sus "Memorias" en los siguientes términos: "La selección de las personas del jurado está actualmente en realidad en las manos de los consejeros municipales, quienes agregan personas a la lista o las eliminan de ella de acuerdo con las preocupaciones políticas y electorales inherentes a su situación ... “

La mayoría de los jurados designados son personas dedicadas al comercio, pero también personas de menor importancia y empleados pertenecientes a ciertas ramas de la administración. Ambas profesiones no cuentan para nada una vez asumido el papel de juez. Muchos de los jurados tienen el ardor de los neófitos y los hombres de las mejores intenciones, al estar similarmente dispuestos en situaciones humildes, ha hecho que el espíritu del jurado no haya cambiado: sus veredictos han permanecido siendo los mismos."

En el pasaje que acabamos de citar, hay que retener en la mente las conclusiones, que son correctas, y no las explicaciones, que son débiles. No debemos sorprendernos demasiado ante esta debilidad ya que, por regla, tanto consejeros como magistrados parecen ser igualmente ignorantes de la psicología de las masas y, consecuentemente, de la de los jurados.

Encuentro una prueba de esta afirmación en un hecho relatado por el autor recientemente citado. Hace notar que Lachaud, uno de los más ilustres abogados de la Corte de Asís, hizo un sistemático uso de su derecho a objetar a todos los jurados inteligentes de la lista.

Sin embargo, la experiencia -y solamente la experiencia- terminó haciéndonos conocer la total inutilidad de estas objeciones. Esto está probado por el hecho que hasta el día de hoy, los fiscales y los abogados -en todo caso aquellos que pertenecen al distrito de París- han renunciado enteramente a su derecho de objetar un jurado y a pesar de ello, como indica M. des Glajeux, los veredictos no han cambiado; "no son, ni mejores ni peores".

Al igual que las masas, los jurados se impresionan muy fuertemente por consideraciones sentimentales y muy levemente por argumentos. "No pueden resistir la vista -escribe un abogado- de una madre dándole el pecho a su hijo, o el de los huérfanos". "Es suficiente que una mujer tenga una presencia agradable -dice M. des Glajeux- para ganarse la benevolencia del jurado".

Carentes de misericordia por crímenes de los cuales parecería posible que ellos mismos podrían terminar siendo víctimas -estos crímenes, por lo demás, son los más peligrosos para la sociedad- los jurados, en contrapartida, son muy indulgentes en el caso de violaciones a la ley cuyo motivo es la pasión.

Son muy raramente severos en casos de infanticidio cometidos por niñas-madres, o duros con la mujer que arroja ácido sulfúrico al hombre que la ha seducido y abandonado, porque instintivamente sienten que la sociedad corre muy poco peligro por tales crímenes y que en un país en el cual la ley no protege a las mujeres abandonadas, el crimen de una joven que toma venganza resulta más beneficioso que dañino, por cuanto disuade a futuros seductores.

Los jurados, al igual que las masas, se dejan impresionar profundamente por el prestigio y el Presidente des Gajeux destaca muy adecuadamente que por más democráticos que sean los jurados en su composición, resultan ser muy aristocráticos en sus filias y sus fobias. "Nombre, cuna, gran fortuna, celebridad, la asistencia de un defensor ilustre, cualquier cosa de naturaleza distinguida o que otorgue brillo al acusado, lo pone en una posición extremadamente favorable".

La principal preocupación de una buena defensa debería ser la de trabajar sobre los sentimientos del jurado y, como con todas las masas, argumentar lo menos posible, o bien emplear tan sólo modos rudimentarios de razonamiento. Un abogado inglés, famoso por sus éxitos en las cortes, ha establecido muy bien la línea de acción a seguir:

"Durante el alegato observará atentamente al jurado. La oportunidad más favorable ha llegado. Basado en su conocimiento y experiencia, el abogado lee el efecto de cada frase en las caras de los miembros del jurado y saca sus conclusiones en consecuencia.

El primer paso es asegurarse de cuales miembros ya son favorables a su caso. Hace falta poco trabajo para ganar definitivamente su adhesión y, habiéndolo logrado, enfoca su atención sobre los miembros que, por el contrario, parecen mal predispuestos y se dispone a descubrir por qué son hostiles al acusado. Esta es la parte delicada de su tarea puesto que puede haber una infinidad de razones para condenar a una persona, aparte del sentimiento de justicia".

Estas pocas líneas resumen todo el mecanismo del arte de la oratoria y vemos por qué el discurso preparado de antemano tiene un efecto tan escaso, siendo necesario poder modificar los términos empleados de un momento a otro, de acuerdo con la impresión producida.

El orador no necesita convertir a su opinión a todos los miembros del jurado sino solamente a los espíritus lideradores del mismo quienes determinarán la opinión general. Como en todas las masas, también en los jurados hay un reducido número de individuos que sirven de guía al resto. "He hallado por experiencia  -dice el abogado antes citado- que una o dos personas enérgicas bastan para arrastrar el resto del jurado con ellas".

Es a esos dos o tres que es necesario convencer por medio de hábiles sugestiones. Ante todo y por encima de todo es necesario agradarles. La persona que forma parte de una masa a la cual uno ha tenido éxito en agradar está a punto de ser convencida y está bastante dispuesta a aceptar como excelente cualquier argumento que se le ofrezca. Extraigo la siguiente anécdota de un interesante informe sobre M. Lachaud al que aludo más arriba:

"Es bien sabido que durante los discursos que pronunciaba en el transcurso de una sesión, Lachaud nunca perdía de vista a los dos o tres jurados de quienes sabía o presentía que eran influyentes pero obstinados. Por regla general tenía éxito en ganarse a estos jurados refractarios.

En una ocasión, sin embargo, en las provincias, tuvo que vérselas con un hombre del jurado al cual le alegó en vano durante tres cuartos de hora con sus más punzantes argumentos. El hombre era el séptimo jurado, el primero sobre el segundo banquillo. El caso era desesperado. De pronto, en medio de una apasionada demostración, Lachaud se detuvo bruscamente y, dirigiéndose al Presidente de la corte le dijo: ´¿Podría dar instrucciones para correr las cortinas allá enfrente? El séptimo miembro del jurado está siendo encandilado por el sol´. El hombre del jurado se ruborizó, sonrió y expresó su agradecimiento. Había sido conquistado por la defensa".

Muchos escritores, algunos de ellos muy distinguidos, han iniciado recientemente una fuerte campaña en contra de la institución del jurado a pesar de que es la única protección de la cual disponemos contra los errores, realmente muy frecuentes, de una casta que no se halla bajo ningún control.

Una parte de estos escritores aboga por un jurado reclutado exclusivamente de entre las filas de las clases ilustradas; pero ya hemos probado que aún en este caso los veredictos serían idénticos a los producidos por el actual sistema.

Otros escritores, basándose en los errores cometidos por los jurados, los abolirían reemplazándolos por jueces. Es difícil de ver como estos supuestos reformadores pueden olvidar que los errores por los cuales se critica a los jurados fueron cometidos en primera instancia por los jueces y que, cuando una persona llega ante un jurado, ya ha sido hallado culpable por varios magistrados; por el juez de instrucción, por el fiscal y por la Corte de Acusación.

De este modo debería quedar en claro que si el acusado fuese definitivamente juzgado por jueces en lugar de serlo por un jurado, perdería su única oportunidad de ser declarado inocente. Los errores de los jurados han sido siempre, antes que nada, errores de los magistrados.

Es sólo a los magistrados, pues, a quienes se debería culpar cuando aparecen errores judiciales particularmente monstruosos como, por ejemplo, la reciente condena del Dr. L---- quien, juzgado por un juez de instrucción de excesiva estupidez, sobre la base de la acusación de una joven semi-idiota quien acusó al doctor de haber cometido una operación ilegal sobre ella por treinta francos, hubiera sido enviado a la cárcel si no hubiese sido por la explosión de la indignación pública que tuvo por resultado el que fuese inmediatamente liberado por el Jefe de Estado.

El carácter honorable reconocido al hombre condenado por parte de todos sus conciudadanos hizo autoevidente la magnitud del error. Los propios magistrados lo admitieron y, aún así, por consideraciones de casta, hicieron todo lo que estuvo a su alcance para impedir que se firmara el indulto.

En todos los casos similares, el jurado, enfrentado con detalles técnicos que es incapaz de comprender, naturalmente escucha al fiscal pensando en que, después de todo, el asunto fue investigado por magistrados adiestrados para desentrañar las situaciones más complicadas. ¿Quiénes, entonces, son los verdaderos autores del error: los miembros del jurado o los magistrados?

Deberíamos aferrarnos vigorosamente a los jurados. Constituyen, quizás, la única categoría de masa que no puede ser reemplazada por ninguna individualidad. Sólo ellos pueden atemperar la severidad de la ley, la cual, igual para todos, debería en principio ser ciega y no tomar conocimiento de casos particulares.

Inaccesible a la piedad y sosteniendo nada más que el texto de la ley, el juez en su severidad profesional le aplicaría la misma pena al ladrón culpable de homicidio y a la pobre muchacha a la cual la pobreza y el abandono de su seductor han llevado al infanticidio. El jurado, por el otro lado, instintivamente siente que la muchacha seducida es mucho menos culpable que el seductor quien, sin embargo, no es alcanzado por la ley, y que es ella la que merece toda indulgencia.

Estando bien familiarizado con la psicología de las castas y también con la psicología de otras clases de masas, no veo ningún caso en el cual, falsamente acusado de un crimen, no preferiría tener que vérmelas con un jurado antes que con magistrados. Tendría alguna chance de que mi inocencia fuese reconocida por el primero y ni la más mínima de que fuese admitida por los segundos. El poder de las masas ha de ser temido, pero el poder de ciertas castas es de temer mucho más. Las masas pueden estar abiertas a la persuasión; las castas nunca lo están.

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Gustave Le Bon
(1841-1931)

Psicólogo social francés nacido en Nogent-le Rotrou el 7 de mayo de 1841 y fallecido en Marne-la Coquette el 15 de diciembre de 1931.

Alumno del Liceo de Tours, médico militar durante la guerra franco-alemana, comenzó trabajando la anatomía y la fisiología (materias de las cuales publicó algunos trabajos entre 1866 y 1873) para derivar posteriormente hacia la antropología y la arqueología. El Gobierno francés le envió a Oriente como arqueólogo, y llegó en sus viajes hasta Nepal. Fruto de éstos fueron numerosos artículos y libros.

Hombre extremadamente prolífico desde el punto de vista intelectual, ejerció gran influencia en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX con diversas obras. Entre ellas abarcó diversos temas, como la psicología y la educación, en "Les lois psychologiques de l'evolution des peuples" (1894), "La psichologie du socialisme" (1898), "Psichologie de l'education" (1902); la física en "L'évolution de la matière" (1905) y "L'évolution des forces" (1907); así como otras de carácter más general y antropológico, como "Las primeras civilizaciones de la India", "La civilización de los árabes","Estudio de las civilizaciones y las razas", etc.

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martes, 4 de octubre de 2016

“Al Virrey del Perú”, San Martín




Discurso de Punchauca, 1821


José Francisco de San Martín
(Yapeyú, Virreinato del Río de la Plata; 25 de febrero de 1778 - Boulogne-sur-Mer, Francia, 17 de agosto de 1850)


San Martín llegó al Perú en 1820 con un ejército de cinco mil efectivos para lograr la independencia. Su táctica consistía en convencer a los patriotas peruanos que se unieran al ejército libertador, rehuyendo enfrentarse al grueso de las fuerzas realistas. Ello debido a que estas eran muy superiores ya que contaban con veinte mil combatientes, en su mayoría hombres andinos, esparcidos por todo el territorio, especialmente en el sur, hasta el Alto Perú. Las expectativas de San Martín con respecto a los patriotas peruanos se vieron cumplidas, pues entre fines de 1820 e inicios de 1821 la totalidad del norte del Perú declaró su independencia de manera incruenta. Deseando finalizar la guerra para evitar más derramamiento de sangre, San Martín aceptó entrar en negociaciones con el virrey Joaquín de la Pezuela. Sus delegados se reunieron con los del virrey en Miraflores, pero estas conferencias terminaron en fracaso. San Martín aplicó entonces su táctica militar que consistía en bloquear Lima por tierra y por mar, y así evitar la necesidad de un asalto directo. Mientras que el ejército libertador engrosaba sus filas, menudearon las deserciones en el ejército realista. El virrey Pezuela perdió el apoyo de sus propios generales, quienes finalmente desencadenaron una revolución palaciega, conocida como el motín de Aznapuquio (29 de enero de 1821), en la cual se destituyó al virrey, que fue remplazado por el teniente general José de la Serna. Éste sería confirmado más tarde como virrey del Perú por la corona. En abril, de la Serna invitó oficialmente a San Martín a entrar en negociaciones, lo que fue aceptado. Como sede de estas reuniones se designó la casa hacienda Punchauca, situada en la margen izquierda del río Chillón, 25 km al norte de la ciudad de Lima (Wiki).




Al Virrey del Perú

Punchauca, Perú, 2 de junio de 1821

"General, considero este día como uno de los más felices de mi vida. He venido al Perú desde las márgenes del Plata, no a derramar sangre, sino a fundar la libertad y los derechos de que la misma metrópoli ha hecho alarde al proclamar la constitución del año 12, que V.E. y sus generales defendieron.

Los liberales del mundo son hermanos en todas partes y si en España se abjuró después de esa constitución, volviendo al régimen antiguo, no es de suponerse que sus primeros cabos en América, que aceptaron ante el mundo el honroso compromiso de sostenerla, abandonen sus más intimas convicciones, renunciando a elevadas ideas y a la noble aspiración de preparar en este vasto hemisferio un asilo seguro para sus compañeros de creencias (...)

Si V.E. se presta a la cesación de una lucha estéril y enlaza sus pabellones con los nuestros para proclamar la independencia del Perú, se constituirá un gobierno provisional (...) los ejércitos se abrazarán sobre el campo, V.E. responderá de su honor y de su disciplina; y yo marcharé a la península, si necesario fuere, a manifestar el alcance de esta alta resolución, dejando a salvo hasta los últimos casos de la honra militar, y demostrando los beneficios (...) de un sistema que, en armonía con los intereses dinásticos (...) fuese conciliable con el voto fundamental de la América Independiente" …

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Glosario

abjuró - abjurar: Dicc. verbo transitivo/verbo intransitivo. Abandonar una doctrina religiosa u otra creencia de manera solemne y mediante juramento. "Abjurar el calvinismo; el hijo del rey Leovigildo, Recaredo, y con él todos los visigodos, abjuraron del arrianismo y aceptaron el catolicismo en el III Concilio de Toledo".

conciliable: Dicc. adjetivo. [cosa] Que puede ser conciliado o compatibilizado con otra cosa o persona. "posiciones conciliables; conceptos conciliables".

constitución del año 12:  Wiki. La Constitución Política de la Monarquía Española, también llamada Constitución española de 1812 o Constitución de Cádiz y conocida popularmente como la Pepa, fue promulgada por las Cortes Generales españolas reunidas extraordinariamente en Cádiz el 19 de marzo de 1812. Se le ha otorgado una gran importancia histórica por tratarse de la primera Constitución promulgada en España, además de ser una de las más liberales de su tiempo. El curioso nombre con que se conoce a la primera constitución que ha tenido España en su historia tiene su origen en la fecha en que fue promulgada: el 19 de marzo de 1812, el día del Padre y festividad de San José.

dinásticos: Wiki. (políticos, partidos y gobiernos dinásticos, militares dinásticos, clérigos y católicos dinásticos, intelectuales, artistas y poetas dinásticos, etc.) es la denominación con la que se designa en la historia contemporánea de España a los partidarios de la rama dinástica reinante durante casi todo el periodo entre 1833 y 1931 (a excepción del sexenio democrático, 1868-1874): la rama isabelina de la Casa de Borbón; por oposición a los no dinásticos, fueran monárquicos, republicanos o pertenecientes a grupos para los que la forma política del Estado en su jefatura era una cuestión secundaria (el movimiento obrero y los nacionalismos periféricos).

General: El orador se dirige al TteGrl. José de la Serna, Virrey del Perú.

V.E. : Vuestra Excelencia.

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Domingo Faustino Sarmiento - Repatriación de los restos del Grl José de San Martín


Domingo Faustino Sarmiento
Discurso pronunciado en el acto de llegar al muelle de Catalinas las                  
cenizas del Grl D. José de San Martín
28 de Mayo de 1880

(Fragmento)


Conciudadanos:

Hace veinte años a que la ciudad de Buenos Aires me honró con el encargo de expresar sus sentimientos de bienvenida hacia los restos del ilustre ciudadano que presidió a los destinos de la República, D. Bernardino Rivadavia. 

Hoy me cabe igual privilegio al recibir las cenizas del Capitán General D. José de San Martín, que aseguró la Independencia de estas nuevas Repúblicas, y nos dio el rango de Nación, en los hechos, ya que por derecho lo teníamos desde la Declaración de nuestra Independencia en 1816.

San Martín no es una gloria nuestra solamente. 

Reivindícala, como propia, tres Repúblicas americanas si bien sus restos mortales pertenecen al país que lo vio nacer, no obstante que su acción y la influencia de su alma se extendiesen sobre la mitad de este Continente, como la fama de sus gloriosos hechos trascendió luego por toda la redondez del mundo, y su nombre llena una de las más bellas páginas de la historia moderna, cual es la aparición de los pueblos civilizados que poblaron el nuevo mundo descubierto por Colón. 

Washington, Bolívar y San Martín son, por cierto, dignos heraldos para anunciar a la tierra, que en un teatro cuyo escenario se extiende de polo a polo, se presentarían en adelante actores que no sospechó la antigüedad y cuyos progresos los modernos empiezan a mirar con asombro, aun en aquellas adquisiciones comunes a nuestra época.

Después de un largo ostracismo vuelven hoy estos gloriosos despojos a reposar en nuestro seno, y serán depositados en el altar de la patria, santificado por la presencia del más ilustre de sus Mártires, el perseguido de veinte años, el rehabilitado de otros tantos, el que hoy, reconoce la historia humana Gran Capitán, y la América del Sur su Libertador, como su patria la más brillante joya de su corona. 

............................................................................................................................................................ 

Nosotros los presentes, vosotros ciudadanos, reunidos en torno de esta urna cineraria, tenéis una gran parte en este acto. Nuestros padres han seguido a merced de los primeros impulsos de la libertad, y sin la experiencia o las instituciones que limitan y dirigen las acciones, todos los senderos que se ofrecían y parecían conducir al fin deseado. 

Han derrochado la fortuna, prodigado la sangre por ser independientes y libres, y en materia de hombres, de reputaciones, de servicios, el despilfarro ha sido inmenso. 

Si vamos a recorrer nuestra historia, necesitamos ir a escarbar los camposantos del extranjero en busca de los restos de nuestros grandes hombres, porque los más esclarecidos fueron expulsados y desaprobados, y lo que es peor, sin darles el tiempo de mostrarse a sí mismos y completar la obra comenzada. 

¿Qué decir contra San Martín, la América de su tiempo, si se le hacía abandonar la obra?; ¿qué de Rivadavia nosotros, si no se le dejaba poner en práctica su sistema?

Vosotros y nosotros, pertenecemos a una época mejor. No hay, por más que parezca, tanta prisa por ir adelante.

Harto hemos avanzado desde que vamos despacio. Hemos avanzado más que todos los otros Estados americanos, con sólo haber dejado sucederse de seis en seis años, tres administraciones más o menos defectuosas, más o menos justificadas, pero todas y cada una señalando un gran progreso en población, riqueza e inteligencia.

Vosotros y nosotros, pues, hacemos hoy un acto de reparación de aquellas pasadas injusticias, devolviendo al General don José de San Martín el lugar prominente que le corresponde en nuestros monumentos conmemorativos.

Podremos respirar libremente, como quien se descarga de un gran peso, cuando hayamos depositado en el sarcófago, que servirá de altar de la Patria, los restos del Gran Capitán, a cuya gloria sólo faltaba esta rehabilitación de su propia patria y esta hospitalidad calurosa que recibe de sus compatriotas.

Conciudadanos:

A nombre de la presente generación, recibimos estas cenizas del hombre ilustre, como expiación que la historia nos impone de los errores de la que nos precedió.

  ........................................................................................................................................................... 

Que otra generación que en pos de nosotros venga, no se reúna un día en este mismo muelle, a recibir los restos de los profetas, de los salvadores que nos fueron preparados por el Genio de la Patria, y habremos enviado al ostracismo, al destierro, al desaliento y a la desesperación. 

Conduzcamos, señores, este depósito al lugar que la gratitud pública le tiene deparado.
                                    
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                                Glosario

heraldo: Dicc. nombre masculino. 1. FORMAL. Mensajero. "el secretario general de la ONU se desplazó al lugar del conflicto como heraldo de la paz". 2. FORMAL. Cosa que anuncia con su presencia la llegada de otra. "mil fuerzas particulares nos hablan, sin dejar que nos demos cuenta de su materialidad, actuando como heraldos de una expresión inmaterial". sinónimos:mensajero

institución: Dicc. nombre femenino. 1. Creación o fundación de una cosa, especialmente un organismo de carácter benéfico, social o cultural. "todos acordaron la institución de una comisión permanente". 2. Organismo público o privado que ha sido fundado para desempeñar una determinada labor cultural, científica, política o social. "institución financiera; el Ateneo es una institución cultural; era socio fundador de la institución deportiva".

ostracismo: Dicc.nombre masculino. 1. FORMAL. En la Grecia antigua, destierro a que se condenaba a los ciudadanos que se consideraban sospechosos o peligrosos para la ciudad. 2. FORMAL. Aislamiento voluntario o forzoso de la vida pública que sufre una persona, generalmente motivado por cuestiones políticas.

urna cineraria: Internet. Es un recipiente destinado a contener los restos cremados (cenizas) de una persona fallecida.  



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