Psicología de las Masas
Gustave Le Bon
(Ed. Albatros SRL, Buenos Aires, Julio 1978)
Capítulo III: Jurados penales
Jurados penales - Características
generales de los jurados - Las estadísticas demuestran que sus decisiones son
independientes de su composición - La forma en que se puede impresionar a los
jurados - El estilo y la influencia de la argumentación - Los métodos de
persuasión - La naturaleza de los crímenes ante los cuales los jurados son
indulgentes o severos respectivamente - La utilidad del jurado como institución
y el peligro que resultaría de que su lugar fuese ocupado por magistrados.
No pudiendo aquí estudiar cada
categoría de jurados examinaré tan sólo la más importante; la de los jurados de
la Corte de Asís. Estos jurados ofrecen un excelente ejemplo de la masa
heterogénea que no es anónima.
Hallaremos que demuestran tener
sugestionabilidad y tan sólo una leve capacidad de raciocinio, mientras que se
hallan abiertas a la influencia de los líderes de masas, estando guiadas
mayormente por sentimientos inconscientes.
En el transcurso de esta investigación tendremos ocasión de observar algunos ejemplos interesantes de los errores que pueden ser cometidos por personas no familiarizadas con la psicología de las masas.
En el transcurso de esta investigación tendremos ocasión de observar algunos ejemplos interesantes de los errores que pueden ser cometidos por personas no familiarizadas con la psicología de las masas.
Los jurados, en primer lugar, nos
ofrecen un buen ejemplo de la escasa importancia que tiene el nivel mental de
los diferentes elementos que componen una masa en lo concerniente a las
decisiones que toman. Hemos visto que, cuando se convoca a una asamblea
deliberativa para dar su opinión sobre una cuestión cuyo carácter no es
enteramente técnico, la inteligencia no sirve de nada.
Por ejemplo, una asamblea de
científicos o de artistas, debido al mero hecho de formar una asamblea, no
producirá, sobre asuntos generales, juicios sensiblemente diferentes de los que
produciría una asamblea de albañiles o verduleros.
Durante varios períodos,
particularmente antes de 1848, la administración francesa instituyó una
selección cuidadosa de las personas convocadas a formar un jurado, eligiendo a
los jurados de entre las clases ilustradas; designando profesores,
funcionarios, hombres de letras, etc. En la actualidad los jurados se reclutan
en su mayor parte de entre pequeños comerciantes, pequeños capitalistas y
empleados.
Sin embargo, para gran asombro de
los escritores especializados, las decisiones de los jurados han sido idénticas
cualesquiera que fuese su composición. Incluso los magistrados, hostiles como
son a la institución del jurado, han tenido que reconocer la exactitud de esta
afirmación.
M. Berard des Glajeux, un ex-presidente de la Corte de Asís, se manifiesta sobre el asunto en sus "Memorias" en los siguientes términos: "La selección de las personas del jurado está actualmente en realidad en las manos de los consejeros municipales, quienes agregan personas a la lista o las eliminan de ella de acuerdo con las preocupaciones políticas y electorales inherentes a su situación ... “
M. Berard des Glajeux, un ex-presidente de la Corte de Asís, se manifiesta sobre el asunto en sus "Memorias" en los siguientes términos: "La selección de las personas del jurado está actualmente en realidad en las manos de los consejeros municipales, quienes agregan personas a la lista o las eliminan de ella de acuerdo con las preocupaciones políticas y electorales inherentes a su situación ... “
La mayoría de los jurados
designados son personas dedicadas al comercio, pero también personas de menor
importancia y empleados pertenecientes a ciertas ramas de la administración. Ambas profesiones no cuentan para nada una vez asumido el papel de juez. Muchos
de los jurados tienen el ardor de los neófitos y los hombres de las mejores
intenciones, al estar similarmente dispuestos en situaciones humildes, ha hecho
que el espíritu del jurado no haya cambiado: sus veredictos han permanecido
siendo los mismos."
En el pasaje que acabamos de
citar, hay que retener en la mente las conclusiones, que son correctas, y no
las explicaciones, que son débiles. No debemos sorprendernos demasiado ante
esta debilidad ya que, por regla, tanto consejeros como magistrados parecen ser
igualmente ignorantes de la psicología de las masas y, consecuentemente, de la
de los jurados.
Encuentro una prueba de esta
afirmación en un hecho relatado por el autor recientemente citado. Hace notar
que Lachaud, uno de los más ilustres abogados de la Corte de Asís, hizo un
sistemático uso de su derecho a objetar a todos los jurados inteligentes de la
lista.
Sin embargo, la experiencia -y
solamente la experiencia- terminó haciéndonos conocer la total inutilidad de
estas objeciones. Esto está probado por el hecho que hasta el día de hoy, los
fiscales y los abogados -en todo caso aquellos que pertenecen al distrito de
París- han renunciado enteramente a su derecho de objetar un jurado y a pesar
de ello, como indica M. des Glajeux, los veredictos no han cambiado; "no
son, ni mejores ni peores".
Al igual que las masas, los
jurados se impresionan muy fuertemente por consideraciones sentimentales y muy
levemente por argumentos. "No pueden resistir la vista -escribe un
abogado- de una madre dándole el pecho a su hijo, o el de los huérfanos".
"Es suficiente que una mujer tenga una presencia agradable -dice M. des
Glajeux- para ganarse la benevolencia del jurado".
Carentes de misericordia por
crímenes de los cuales parecería posible que ellos mismos podrían terminar
siendo víctimas -estos crímenes, por lo demás, son los más peligrosos para la
sociedad- los jurados, en contrapartida, son muy indulgentes en el caso de
violaciones a la ley cuyo motivo es la pasión.
Son muy raramente severos en casos de infanticidio cometidos por niñas-madres, o duros con la mujer que arroja ácido sulfúrico al hombre que la ha seducido y abandonado, porque instintivamente sienten que la sociedad corre muy poco peligro por tales crímenes y que en un país en el cual la ley no protege a las mujeres abandonadas, el crimen de una joven que toma venganza resulta más beneficioso que dañino, por cuanto disuade a futuros seductores.
Son muy raramente severos en casos de infanticidio cometidos por niñas-madres, o duros con la mujer que arroja ácido sulfúrico al hombre que la ha seducido y abandonado, porque instintivamente sienten que la sociedad corre muy poco peligro por tales crímenes y que en un país en el cual la ley no protege a las mujeres abandonadas, el crimen de una joven que toma venganza resulta más beneficioso que dañino, por cuanto disuade a futuros seductores.
Los jurados, al igual que las
masas, se dejan impresionar profundamente por el prestigio y el Presidente des
Gajeux destaca muy adecuadamente que por más democráticos que sean los jurados
en su composición, resultan ser muy aristocráticos en sus filias y sus fobias.
"Nombre, cuna, gran fortuna, celebridad, la asistencia de un defensor
ilustre, cualquier cosa de naturaleza distinguida o que otorgue brillo al
acusado, lo pone en una posición extremadamente favorable".
La principal preocupación de una
buena defensa debería ser la de trabajar sobre los sentimientos del jurado y,
como con todas las masas, argumentar lo menos posible, o bien emplear tan sólo
modos rudimentarios de razonamiento. Un abogado inglés, famoso por sus éxitos
en las cortes, ha establecido muy bien la línea de acción a seguir:
"Durante el alegato
observará atentamente al jurado. La oportunidad más favorable ha llegado.
Basado en su conocimiento y experiencia, el abogado lee el efecto de cada frase
en las caras de los miembros del jurado y saca sus conclusiones en
consecuencia.
El primer paso es asegurarse de cuales miembros ya son favorables a su caso. Hace falta poco trabajo para ganar definitivamente su adhesión y, habiéndolo logrado, enfoca su atención sobre los miembros que, por el contrario, parecen mal predispuestos y se dispone a descubrir por qué son hostiles al acusado. Esta es la parte delicada de su tarea puesto que puede haber una infinidad de razones para condenar a una persona, aparte del sentimiento de justicia".
El primer paso es asegurarse de cuales miembros ya son favorables a su caso. Hace falta poco trabajo para ganar definitivamente su adhesión y, habiéndolo logrado, enfoca su atención sobre los miembros que, por el contrario, parecen mal predispuestos y se dispone a descubrir por qué son hostiles al acusado. Esta es la parte delicada de su tarea puesto que puede haber una infinidad de razones para condenar a una persona, aparte del sentimiento de justicia".
Estas pocas líneas resumen todo
el mecanismo del arte de la oratoria y vemos por qué el discurso preparado de
antemano tiene un efecto tan escaso, siendo necesario poder modificar los
términos empleados de un momento a otro, de acuerdo con la impresión producida.
El orador no necesita convertir a
su opinión a todos los miembros del jurado sino solamente a los espíritus
lideradores del mismo quienes determinarán la opinión general. Como en todas
las masas, también en los jurados hay un reducido número de individuos que
sirven de guía al resto. "He hallado por experiencia -dice el abogado antes citado- que una o dos
personas enérgicas bastan para arrastrar el resto del jurado con ellas".
Es a esos dos o tres que es necesario convencer por medio de hábiles sugestiones. Ante todo y por encima de todo es necesario agradarles. La persona que forma parte de una masa a la cual uno ha tenido éxito en agradar está a punto de ser convencida y está bastante dispuesta a aceptar como excelente cualquier argumento que se le ofrezca. Extraigo la siguiente anécdota de un interesante informe sobre M. Lachaud al que aludo más arriba:
Es a esos dos o tres que es necesario convencer por medio de hábiles sugestiones. Ante todo y por encima de todo es necesario agradarles. La persona que forma parte de una masa a la cual uno ha tenido éxito en agradar está a punto de ser convencida y está bastante dispuesta a aceptar como excelente cualquier argumento que se le ofrezca. Extraigo la siguiente anécdota de un interesante informe sobre M. Lachaud al que aludo más arriba:
"Es bien sabido que durante
los discursos que pronunciaba en el transcurso de una sesión, Lachaud nunca
perdía de vista a los dos o tres jurados de quienes sabía o presentía que eran
influyentes pero obstinados. Por regla general tenía éxito en ganarse a estos
jurados refractarios.
En una ocasión, sin embargo, en las provincias, tuvo que vérselas con un hombre del jurado al cual le alegó en vano durante tres cuartos de hora con sus más punzantes argumentos. El hombre era el séptimo jurado, el primero sobre el segundo banquillo. El caso era desesperado. De pronto, en medio de una apasionada demostración, Lachaud se detuvo bruscamente y, dirigiéndose al Presidente de la corte le dijo: ´¿Podría dar instrucciones para correr las cortinas allá enfrente? El séptimo miembro del jurado está siendo encandilado por el sol´. El hombre del jurado se ruborizó, sonrió y expresó su agradecimiento. Había sido conquistado por la defensa".
En una ocasión, sin embargo, en las provincias, tuvo que vérselas con un hombre del jurado al cual le alegó en vano durante tres cuartos de hora con sus más punzantes argumentos. El hombre era el séptimo jurado, el primero sobre el segundo banquillo. El caso era desesperado. De pronto, en medio de una apasionada demostración, Lachaud se detuvo bruscamente y, dirigiéndose al Presidente de la corte le dijo: ´¿Podría dar instrucciones para correr las cortinas allá enfrente? El séptimo miembro del jurado está siendo encandilado por el sol´. El hombre del jurado se ruborizó, sonrió y expresó su agradecimiento. Había sido conquistado por la defensa".
Muchos escritores, algunos de
ellos muy distinguidos, han iniciado recientemente una fuerte campaña en contra
de la institución del jurado a pesar de que es la única protección de la cual
disponemos contra los errores, realmente muy frecuentes, de una casta que no se
halla bajo ningún control.
Una parte de estos escritores
aboga por un jurado reclutado exclusivamente de entre las filas de las clases
ilustradas; pero ya hemos probado que aún en este caso los veredictos serían
idénticos a los producidos por el actual sistema.
Otros escritores, basándose en los errores cometidos por los jurados, los abolirían reemplazándolos por jueces. Es difícil de ver como estos supuestos reformadores pueden olvidar que los errores por los cuales se critica a los jurados fueron cometidos en primera instancia por los jueces y que, cuando una persona llega ante un jurado, ya ha sido hallado culpable por varios magistrados; por el juez de instrucción, por el fiscal y por la Corte de Acusación.
Otros escritores, basándose en los errores cometidos por los jurados, los abolirían reemplazándolos por jueces. Es difícil de ver como estos supuestos reformadores pueden olvidar que los errores por los cuales se critica a los jurados fueron cometidos en primera instancia por los jueces y que, cuando una persona llega ante un jurado, ya ha sido hallado culpable por varios magistrados; por el juez de instrucción, por el fiscal y por la Corte de Acusación.
De este modo debería quedar en
claro que si el acusado fuese definitivamente juzgado por jueces en lugar de
serlo por un jurado, perdería su única oportunidad de ser declarado inocente.
Los errores de los jurados han sido siempre, antes que nada, errores de los
magistrados.
Es sólo a los magistrados, pues,
a quienes se debería culpar cuando aparecen errores judiciales particularmente
monstruosos como, por ejemplo, la reciente condena del Dr. L---- quien, juzgado
por un juez de instrucción de excesiva estupidez, sobre la base de la acusación
de una joven semi-idiota quien acusó al doctor de haber cometido una operación
ilegal sobre ella por treinta francos, hubiera sido enviado a la cárcel si no
hubiese sido por la explosión de la indignación pública que tuvo por resultado
el que fuese inmediatamente liberado por el Jefe de Estado.
El carácter honorable reconocido
al hombre condenado por parte de todos sus conciudadanos hizo autoevidente la
magnitud del error. Los propios magistrados lo admitieron y, aún así, por
consideraciones de casta, hicieron todo lo que estuvo a su alcance para impedir
que se firmara el indulto.
En todos los casos similares, el
jurado, enfrentado con detalles técnicos que es incapaz de comprender,
naturalmente escucha al fiscal pensando en que, después de todo, el asunto fue
investigado por magistrados adiestrados para desentrañar las situaciones más
complicadas. ¿Quiénes, entonces, son los verdaderos autores del error: los
miembros del jurado o los magistrados?
Deberíamos aferrarnos
vigorosamente a los jurados. Constituyen, quizás, la única categoría de masa
que no puede ser reemplazada por ninguna individualidad. Sólo ellos pueden
atemperar la severidad de la ley, la cual, igual para todos, debería en
principio ser ciega y no tomar conocimiento de casos particulares.
Inaccesible a la piedad y
sosteniendo nada más que el texto de la ley, el juez en su severidad
profesional le aplicaría la misma pena al ladrón culpable de homicidio y a la
pobre muchacha a la cual la pobreza y el abandono de su seductor han llevado al
infanticidio. El jurado, por el otro lado, instintivamente siente que la
muchacha seducida es mucho menos culpable que el seductor quien, sin embargo,
no es alcanzado por la ley, y que es ella la que merece toda indulgencia.
Estando bien familiarizado con la
psicología de las castas y también con la psicología de otras clases de masas,
no veo ningún caso en el cual, falsamente acusado de un crimen, no preferiría
tener que vérmelas con un jurado antes que con magistrados. Tendría alguna
chance de que mi inocencia fuese reconocida por el primero y ni la más mínima
de que fuese admitida por los segundos. El poder de las masas ha de ser temido,
pero el poder de ciertas castas es de temer mucho más. Las masas pueden estar
abiertas a la persuasión; las castas nunca lo están.
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Gustave Le Bon
(1841-1931)
Psicólogo social francés nacido
en Nogent-le Rotrou el 7 de mayo de 1841 y fallecido en Marne-la Coquette el 15
de diciembre de 1931.
Alumno del Liceo de Tours, médico
militar durante la guerra franco-alemana, comenzó trabajando la anatomía y la
fisiología (materias de las cuales publicó algunos trabajos entre 1866 y 1873)
para derivar posteriormente hacia la antropología y la arqueología. El Gobierno
francés le envió a Oriente como arqueólogo, y llegó en sus viajes hasta Nepal.
Fruto de éstos fueron numerosos artículos y libros.
Hombre extremadamente prolífico
desde el punto de vista intelectual, ejerció gran influencia en la segunda
mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX con diversas obras. Entre ellas
abarcó diversos temas, como la psicología y la educación, en "Les lois
psychologiques de l'evolution des peuples" (1894), "La psichologie du
socialisme" (1898), "Psichologie de l'education" (1902); la
física en "L'évolution de la matière" (1905) y "L'évolution des
forces" (1907); así como otras de carácter más general y antropológico,
como "Las primeras civilizaciones de la India", "La civilización
de los árabes","Estudio de las civilizaciones y las razas", etc.
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