Memorias de un Vigilante
Fray Mocho
Ellos
Entre reos lunfardos hay cinco
grandes familias: los punguistas, o limpiabolsillos; los escruchantes, o
abridores de puertas ; los que dan la caramayolí o la biaba, o sea los
asaltantes; los que cuentan el cuento, o hacen el scruscho, vulgarmente
llamados estafadores, y, finalmente, los que reúnen en su honorable persona las
habilidades de cada especie: estos estuches son conocidos por de las cuatro
armas.
Más vale toparse con el diablo
que con uno de estos príncipes de la uña, de los cuales Buenos Aires cuenta más
de un ejemplar.
Ellos son, generalmente, los que
educan y forman los muchachos, esmerándose en aquellos que revelan mejores
facultades: son los que dirigen los golpes de importancia; los que dan el cebo,
o sea el dinero necesario para realizar el robo, que hasta para eso se precisa
plata, dada la situación a que ha llegado el mundo; en fin, son los grandes
dignatarios de su orden.
Cada especie tiene su fisonomía
especial, sus costumbres propias y su manera de ejecutar un trabajo, por más
que todas tengan siempre un punto de contacto, menos el punguista, que es
siempre el empresario de sí mismo.
El campana
El punto de contacto es el
campana, es decir, el que busca la casa o el hombre fácil de robar, el que
estudia el medio de efectuarlo, el que está en relaciones con los que cambian
lo robado por dinero: la providencia en forma de hombre.
Bien considerado, estos campanas
son los verdaderos ladrones; los que efectúan el robo son solamente sus
instrumentos.
Jamás se comprometen en nada, y
es difícil que la policía los descubra. Adoptan todo el aire de gentes
honradas, trabajan, tienen oficio, profesión o industria conocida : son
sirvientes, mozos de hotel, changadores, comerciantes, rentistas y hasta pueden
inspirar confianza y ser honorables, mientras no haya posibilidad de tirar la
piedra y esconder la mano.
¡Cuántas veces están protestando
honradez y tienen entre los dedos el pedazo de masilla o cera con que al menor
descuido, moldearán una llave!
¡Cuántas veces están jurando
adhesión a sus patrones y ya tienen oculto dentro de un mueble al amigo que va
a dar el golpe! ¡Y luego son los más empeñosos en llamar a la policía y darle
cuenta del hecho, suministran datos y noticias, sospechan que al ladrón lo han
visto rondando la casa y que es de este porte y del otro!
¡Cuántos de ellos han acompañado
en sus investigaciones a un comisario y lo han extraviado con sus mentiras, y
cuántos también han sido imprudentes y han ido a pagarlo en la Penitenciaría!
¡El campana presta servicios a
los ladrones, pero que digan éstos lo que les cuesta: siempre se lleva él lo
mejor del toco, o sea del monto de lo atrapado!
¡Sus comisiones son algo de
fabuloso!
Sin embargo, el negocio tiene sus
contras. Veces hay que ha hecho efectuar un robo valioso, y cuando va a retirar
su parte se encuentra con una puñalada o con que, sencillamente, le dicen que
no sea zonzo, y se le alzan con el santo y la limosna, acción que se llama dar
el rostro.
Al campana robado le queda aún
como arma la delación y la usa como venganza ; si los ladrones son tomados,
éstos no dejan de envolverlo en sus declaraciones, y se hunde con ellos, y si
no lo son, se ve libre y queda aguardando una oportunidad de hacerles caer en
las garras del gallo policial: este es el origen verdadero de más de una
pesquisa curiosa que ha servido para bombo a algún inútil.
¡Venganzas de campana, o como
quien dice, puñaladas por la espalda!
Y los ladrones saben lo que vale
un buen campana. Una vez me dijo uno, habiéndole yo preguntado que "a qué
se dedicaba por ahora".
-¡Vea, señor, tengo un campana
que ni de oro_, y trabajo de católico!
-¿De católico?
-Sí, señor_ ; es decir, ando con
el asunto de las limosnas para el hospital_, ¡y al que me cree lo ensarto!
Al revuelo
Los lunfardos que cuentan el
cuento, dan a cada uno de sus robos un nombre distinto y apropiado a los medios
que usan para efectuarlo.
Cuando estafan, valiéndose de los
sentimientos religiosos, dicen que han hecho "un católico", y si han
empleado el recurso de los papeles inservibles, o sea el balurdo, han hecho un
toco o un vento, mischo.
También tienen otro golpe
lucrativo, que es el cambiazo, o sea el engaño, la mistificación, otra prueba
del ingenio de estos perdularios que si dedicaran su inventiva y sus facultades
a cosas útiles, producirían verdaderas maravillas.
Un señor, vestido con cierta
elegancia, comienza a llegar a hora determinada a un almacén, cuyo propietario
encierra en el fondo de su alma un inmoderado deseo de lucro, que tal vez ha
pasado desapercibido para el vulgo, pero que el olfato finísimo de los
estafadores ha descubierto.
Compra, por ejemplo, un paquete
de cigarrillos y una caja de fósforos, diariamente y a la misma hora : el
almacenero nota la singularidad y designa a su cliente con el mote de "el
de los cigarrillos", llegando un momento en que ya el cliente no tiene ni
necesidad de solicitar su consumo.
Cuando ya ha sido notado, pregunta
un día si hay buen Oporto o buen Coñac, y toma una copita de pie, al lado del
mostrador, con aires de hombre cuya dignidad se sentiría deprimida penetrando
al despacho de bebidas donde pulula el vulgo de los bebedores.
Este pequeño consumo a hora fija,
establece una especie de intimidad entre el almacenero y su cliente, que, como
es locuaz y comunicativo, le hace saber que es un funcionario de categoría
elevada, más o menos en los ramos en que el almacenero pueda tener algún día
necesidad de un buen padrino, o si no hombre de influencia en el círculo
político dominante o con el comisario de la sección o con la comisión de
higiene de la parroquia.
Iniciada la amistad, y luego
intimada merced a la regularidad del consumo de la copita y el buen pago
diario, con propina de los dos o tres centavos sobrantes y sin aceptar el fiado
ofrecido, un buen día el hombre se saca un anillo con un gran solitario, o un
rico reloj de oro, con cadena maciza y vistosa, y dice al almacenero:
-¡Vea! ¡Hágame el favor de
hacerme tasar esta prenda con algún joyero de su confianza, algún amigo de
conciencia! ¡Tengo necesidad de saber exactamente su precio!
El almacenero acepta complacido
la comisión, y al otro día le informa que la alhaja es riquísima y que puede
valer como mínimum seiscientos pesos.
-¡Bueno, amigo! ¡Me alegro!
¡Estoy salvado! Figúrese que necesito trescientos pesos por cuatro o cinco días
para un compromiso, y un usurero a quien le llevé la prenda me dijo que ésta no
era buena y que por ello, si me daba los pesos por cinco días, me cobraría
cincuenta de interés.
-¡Qué bárbaro! -dice el
almacenero, escandalizado, pero brillándole los ojos.
-Voy a buscar otro más humano,
¿no le parece?
-¡Claro!
-¡Le dejo la prenda y le pago
treinta pesos cuanto más!
-¡ Es natural! ¡Vea, si no se
ofende..., ocúpeme con confianza! ¿Qué diablos, para qué son los amigos?
Y cierran el trato.
A los dos días se presenta el
cliente con un amigo que va a comprar la prenda en setecientos pesos y quiere verla.
El almacenero la trae, la ven, la
revisan, y luego se la devuelven y se retiran los amigos, después de un consumo
moderado del "Oportito" famoso, o del "Coñaquito, capaz de
despertar a un muerto".
Y el cliente no vuelve a aparecer
más por el almacén.
El almacenero, cansado de
esperarlo, pone avisos en los diarios, llamándolo, si es muy amigo de formas
legales, pero constatando con dolor, recién, que ignora, no solamente el
domicilio del cliente, sino también su nombre y apellido.
La duda le asalta y va a ver al
joyero que le tasó la prenda, y éste le declara rudamente que no es la misma
que le llevó la primera vez sino una imitación.
Y aquí son los improperios, las
maldiciones, el lamento con todas las personas que entran al negocio, pero nada
le vale: el cambiazo se efectuó delante de sus ojos y no supo verlo, y los
trescientos pesos volaron del cajón como por arte de encantamiento.
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Fray Mocho
(Gualeguaychú, 26 de agosto de 1858 - Buenos Aires, 23 de agosto de
1903)
Es el seudónimo de José Sixto
Alvarez Escalada, escritor y periodista argentino famoso por sus retratos
costumbristas y de época, frecuentemente escritos en clave humorística.
Nació en Gualeguaychú, provincia
de Entre Ríos, el 26 de agosto de 1858, hijo de los orientales Dorina Escalada
Baldez y de Desiderio Alvarez Gadea. Estudió en el prestigioso Colegio Nacional
de Concepción del Uruguay, pueblo donde se inició como periodista.
Hizo un primer viaje a la ciudad
de Buenos Aires en 1876 y luego se afincó en tal ciudad hacia 1879 cuando tenía
21 años. Era conocido por sus amigos como "Mocho" y más tarde se
agregó, al seudónimo, el título de "Fray".
Trabajó en la policía de la
recientemente creada Capital Federal y en 1887 publica la "Galería de
ladrones de la Capital", un álbum de fotografías impresas
fotomecánicamente con los retratos de los personajes de la "mala
vida" de Buenos Aires.
Escribió en numerosos periódicos:
El Nacional, La Pampa, La Patria Argentina, La Razón; en revistas: Fray
Gerundio (de corta vida), El Ateneo, La Colmena Artística, Caras y Caretas.
Escribió ensayos acerca de la vida en Buenos Aires de la última parte del siglo
XIX: Esmeraldas, Cuentos mundanos, La vida de los ladrones célebres de Buenos
Aires y sus maneras de robar, Memorias de un vigilante.
En 1898, publica el libro En el
mar Austral, novela documental en la cual relata, merced a numerosos datos
obtenidos por marineros y exploradores argentinos, la vida y los paisajes de la
región fueguina a fines del siglo XIX.
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Glosario
-biaba: Salteamiento perpetrado
con violencia.
-campana: Ayudante del ladrón que
se coloca en acecho o sigue a alguien con el propósito de dar la alarma del
caso.
-fray: Apócope de fraile. El
vocablo latino frater, que puede traducirse como "hermano", llegó al
occitano como fraire. De dicho término deriva fraile, una palabra que en
nuestro idioma alude a los religiosos de determinadas órdenes.
-lunfardo: Ladrón. Jerga del
ladrón porteño.
-mocho, mocha: adjetivo. 1. Que
no tiene la punta, terminación o remate que tendría que tener por su
naturaleza. 2. Que tiene el pelo rapado o muy corto.
-reo: (lunfardo y giros de
Argentina) Vagabundo, cachafaz.
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