jueves, 31 de diciembre de 2015

Martín Fierro y El Moreno - José Hernández



José Hernández

La vuelta de Martín Fierro

Payada Martín Fierro y El Moreno



MARTÍN FIERRO

   Toda tu sabiduría
has de mostrar esta vez.
Ganarás sólo que estés
en vaca con algún santo.
La noche tiene su canto
y me has de decir cuál es.

EL MORENO

   No galope que hay augeros,
le dijo a un guapo un prudente.
Le contesto humildemente,
la noche por cantos tiene
esos ruidos que uno siente.
sin saber de dónde vienen.

   Son los secretos misterios
que las tinieblas esconden.
Son los ecos que responden
a la voz del que da un grito,
como un lamento infinito
que viene no sé de dónde.

   A las sombras sólo el Sol
las penetra y las impone.
En distintas direciones
se oyen rumores inciertos,
son almas de los que han muerto
que nos piden oraciones.

MARTÍN FIERRO

   Moreno, por tus respuestas
ya te aplico el cartabón,
pues tenés desposición
y sos estruido de yapa.
Ni las sombras se te escapan
para dar esplicación.
 
  Pero cumple su deber
el leal diciendo lo cierto.
Y por lo tanto te alvierto
que hemos de cantar los dos,
dejando en la paz de Dios
las almas de los que han muerto.

   Y el consejo del prudente
no hace falta en la partida.
Siempre ha de ser comedida
la palabra de un cantor.
Y aura quiero que me digas 4220
de dónde nace el amor.

EL MORENO

   A pregunta tan escura
trataré de responder,
aunque es mucho pretender
de un pobre negro de Estancia,
mas conocer su inorancia
es principio del saber.

   Ama el pájaro en los aires
que cruza por donde quiera,
y si al fin de su carrera
se asienta en alguna rama,
con su alegre canto llama
a su amante compañera.

   La fiera ama en su guarida,
de la que es rey y señor,
allí lanza con furor
esos bramidos que espantan,
porque las fieras no cantan,
las fieras braman de amor.

   Ama en el fondo del mar
el pez de lindo color.
Ama el hombre con ardor,
ama todo cuanto vive.
De Dios vida se recibe
y donde hay vida, hay amor.

MARTÍN FIERRO

   Me gusta negro ladino
lo que acabás de esplicar.
Ya te empiezo a respetar
aunque al principio me rey.
Y te quiero preguntar
lo que entendés por la ley.

EL MORENO

   Hay muchas dotorerías
que yo no puedo alcanzar.
Dende que aprendí a inorar
de ningún saber me asombro.
Mas no ha de llevarme al hombro
quien me convide a cantar.

   Yo no soy cantor ladino
y mi habilidad es muy poca.
Mas cuando cantar me toca
me defiendo en el combate
porque soy como los mates,
sirvo si me abren la boca.

   Dende que elige a su gusto
lo más espinoso elige.
Pero esto poco me aflige
y le contesto a mi modo.
La ley se hace para todos
mas sólo al pobre le rige.

   La ley es tela de araña
en mi inorancia lo esplico,
no la tema el hombre rico,
nunca la tema el que mande,
pues la ruempe el vicho grande
y sólo enrieda a los chicos.

   Es la ley como la lluvia
nunca puede ser pareja,
el que la aguanta se queja.
Pero el asunto es sencillo,
la ley es como el cuchillo
no ofiende a quien lo maneja.

   Le suelen llamar espada
y el nombre le viene bien.
Los que la gobiernan ven
a dónde han de dar el tajo.
Le cai al que se halla abajo
y corta sin ver a quién.

   Hay muchos que son dotores
y de su cencia no dudo.
Mas yo soy un negro rudo
y, aunque de esto poco entiendo,
estoy diariamente viendo
que aplican la del embudo.

MARTÍN FIERRO

   Moreno, vuelvo a decirte:
ya conozco tu medida
has aprovechao la vida
y me alegro de este encuentro.
Ya veo que tenes adentro
capital pa esta partida.

   Y aura te voy decir,
porque en mi deber está
y hace honor a la verdá,
quién a la verdá se duebla,
que sos por juera tinieblas
y por dentro claridá.

   No ha de decirse jamás
que abusé de tu pacencia.
Y en justa correspondencia,
si algo queres preguntar
podes al punto empezar,
pues ya tenes mi licencia.

EL MORENO

   No te trabes lengua mía,
no te vayas a turbar.
Nadie acierta antes de errar,
y aunque la fama se juega
el que por gusto navega
no debe temerle al mar.

   Voy a hacerle mis preguntas
ya que a tanto me convida,
y vencerá en la partida
si una esplicación me da
sobre el tiempo y la medida,
el peso y la cantidá.

   Suya será la vitoria
si es que sabe contestar.
Se lo debo declarar
con claridá, no se asombre,
pues hasta aura ningún hombre
me lo ha sabido esplicar.

   Quiero saber y lo inoro,
pues en mis libros no está,
y su repuesta vendrá
a servirme de gobierno,
para qué fin el Eterno
ha criado la cantidá.

MARTÍN FIERRO

   Moreno te dejás cair
como carancho en su nido;
ya veo que sos prevenido,
mas también estoy dispuesto.
Veremos si te contesto
y si te das por vencido.

   Uno es el sol, uno el mundo,
sola y única es la luna,
ansí han de saber que Dios
no crió cantidá ninguna.

El ser de todos los seres
sólo formó la unidá,
lo demás lo ha criado el hombre
después que aprendió a contar.

EL MORENO

   Veremos si a otra pregunta
da una respuesta cumplida.
El ser que ha criado la vida
lo ha de tener en su archivo,
ma yo inoro qué motivo
tuvo al formar la medida.

MARTÍN FIERRO

   Escuchá con atención
lo que en mi inorancia arguyo:
la medida la inventó
el hombre, para bien suyo.

Y la razón no te asombre,
pues es fácil presumir.
Dios no tenía que medir
sino la vida del hombre.

EL MORENO

   Si no falla su saber
por vencedor lo confieso.
Debe aprender todo eso
quien a cantar se dedique.
Y aura quiero que me esplique
lo que sinifica el peso.

MARTÍN FIERRO

   Dios guarda entre sus secretos
el secreto que eso encierra,
y mandó que todo peso
cayera siempre a la tierra.

Y sigún compriendo yo,
dende que hay bienes y males,
fue el peso para pesar
las culpas de los mortales.

EL MORENO

   Si responde a esta pregunta
tengasé por vencedor.
Doy la derecha al mejor,
y respóndame al momento:
¿Cuándo formó Dios el tiempo
y por qué lo dividió?

MARTÍN FIERRO

   Moreno, voy a decir,
sigún mi saber alcanza:
el tiempo sólo es tardanza
de lo que está por venir.
No tuvo nunca principio
ni jamás acabará,
porque el tiempo es una rueda,
y rueda es eternidá,
y si el hombre lo divide
sólo lo hace en mi sentir,
por saber lo que ha vivido
o le resta que vivir.

   Ya te he dado mis respuestas,
mas no gana quien despunta,
si tenés otra pregunta
o de algo te has olvidao
siempre estoy a tu mandao
para sacarte de dudas.

   No procedo por soberbia
ni tampoco por jactancia,
mas no ha de faltar costancia
cuando es preciso luchar,
y te convido a cantar
sobre cosas de la Estancia

   Ansí prepará moreno
cuanto tu saber encierre.
Y sin que tu lengua yerre,
me has de decir lo que empriende
el que del tiempo depende
en los meses que train erre.

EL MORENO

   De la inorancia de naides
ninguno debe abusar.
Y aunque me puede doblar
todo el que tenga más arte,
no voy a ninguna parte
a dejarme machetiar.

   He reclarao que en leturas
soy redondo como jota.
No avergüenze mi redota,
pues con claridá le digo:
no me gusta que conmigo
naides juegue a la pelota.

   Es buena ley que el más lerdo
debe perder la carrera,
ansí le pasa a cualquiera
cuando en competencia se halla
un cantor de media talla
con otro de talla entera.

   ¿No han visto en medio del campo
al hombre que anda perdido,
dando güeltas aflijido
sin saber dónde rumbiar?
Ansí le suele pasar
a un pobre cantor vencido.

   También los árboles crugen
si el ventarrón los azota.
Y si aquí mi queja brota
con amargura, consiste
en que es muy larga y muy triste
la noche de la redota.

   Y dende hoy en adelante,
pongo de testigo al cielo
para decir sin recelo
que si mi pecho se inflama
no cantaré por la fama
sino por buscar consuelo.

   Vive ya desesperado
quien no tiene qué esperar.
A lo que no ha de durar
ningún cariño se cobre:
alegrías en un pobre
son anuncios de un pesar.

   Y este triste desengaño
me durará mientras viva.
Aunque un consuelo reciba
jamás he de alzar el vuelo,
quien no nace para el cielo
de valde es que mire arriba.

   Y suplico a cuantos me oigan
que me permitan decir,
que al decidirme a venir
no sólo jué por cantar,
sino porque tengo a más
otro deber que cumplir.

   Ya saben que de mi madre
fueron diez los que nacieron.
Mas ya no esiste el primero
y más querido de todos,
murió por injustos modos
a manos de un pendenciero.

   Los nueve hermanos restantes
como güérfanos quedamos.
Dende entonces lo lloramos
sin consuelo, creanmenló,
y al hombre que lo mató
nunca jamás lo encontramos.

   Y queden en paz los güesos
de aquel hermano querido,
a moverlos no he venido,
mas si el caso se presienta,
espero en Dios que esta cuenta
se arregle como es debido.

   Y si otra ocasión payamos
para que esto se complete,
por mucho que lo respete
cantaremos si le gusta
sobre las muertes injustas
que algunos hombres cometen.

   Y aquí pues, señores míos,
diré, como en despedida,
que todavía andan con vida
los hermanos del dijunto,
que recuerdan este asunto
y aquella muerte no olvidan.

   Y es misterio tan projundo
lo que está por suceder,
que no me debo meter
a echarla aquí de adivino;
lo que decida el destino
después lo habrán de saber.

MARTÍN FIERRO

   Al fin cerrastes el pico
después de tanto charlar.
Ya empesaba a maliciar
al verte tan entonao,
que traías un embuchao
y no lo querías largar.

   Y ya que nos conocemos
basta de conversación;
para encontrar la ocasión
no tienen que darse priesa,
ya conozco yo que empiesa
otra clase de junción.

   Yo no sé lo que vendrá,
tampoco soy adivino.
Pero firme en mi camino
hasta el fin he de seguir
todos tienen que cumplir
con la ley de su destino.

   Primero fue la frontera
por persecución de un juez.
Los indios fueron después,
y para nuevos estrenos
ahora son estos morenos
pa alivio de mi vejez.

   La madre echó diez al mundo,
lo que cualquiera no hace,
y tal vez de los diez pase
con iguales condiciones.
La mulita pare nones
todos de la mesma clase.

   A hombre de humilde color
nunca sé facilitar,
cuando se llega a enojar
suele ser de mala entraña,
se vuelve como la araña,
siempre dispuesta a picar.

   Yo he conocido a toditos
los negros más peliadores.
Había algunos superiores
de cuerpo y de vista -¡ay juna!
si vivo, les daré una-
historia de los mejores.

   Mas cada uno ha de tirar
en el yugo en que se vea.
Yo ya no busco peleas,
las contiendas no me gustan,
pero ni sombra me asustan
ni bultos que se menean.

   La creía ya desollada
mas todavía falta el rabo,
y por lo visto no acabo
de salir de esta jarana.
Pues esto es lo que se llama
remachársele a uno el clavo.

32

  Y después de estas palabras
que ya la intención revelan,
procurando los presentes
que no se armara pendencia,
se pusieron de por medio
y la cosa quedó quieta.
Martín Fierro y los muchachos
evitando la contienda,
montaron y, paso a paso
como el que miedo no lleva
a la costa de un arroyo,
llegarán a echar pie a tierra.
Desencillaron los pingos
y se sentaron en rueda,
refiriéndose entre sí
infinitas menudencias;
porque tiene muchos cuentos
y muchos hijos la ausencia.
Allí pasaron la noche
a la luz de las estrellas,
porque ese es un cortinao
que lo halla uno donde quiera,
y el gaucho sabe arreglarse
como ninguno se arregla.
El colchón son las caronas,
el lomillo es cabecera,
el coginillo es blandura
y con el poncho o la gerga
para salvar del rocío
se cubre hasta la cabeza.
Tiene su cuchillo al lado,
pues la precaución es buena;
freno y rebenque a la mano,
y teniendo el pingo cerca,
que pa asigurarlo bien
la argolla del lazo entierra.
Aunque el atar con el lazo
da del hombre mala idea,
se duerme ansí muy tranquilo
todita la noche entera.
Y si es lejos del camino,
como manda la prudencia,
más siguro que en su rancho
uno ronca a pierna suelta.
Pues en el suelo no hay chinches,
y es una cuja camera
que no ocasiona disputas
y que naides se la niega.
Además de eso, una noche
la pasa uno como quiera,
y las va pasando todas
haciendo la mesma cuenta.
Y luego los pajaritos
al aclarar lo dispiertan.
Porque el sueño no lo agarra
a quien sin cenar se acuesta.
Ansí, pues, aquella noche
jué para ellos una fiesta,
pues todo parece alegre
cuando el corazón se alegra.
No pudiendo vivir juntos
por su estado de pobreza,
resolvieron separarse,
y que cada cual se juera
a procurarse un refujio
que aliviara su miseria.
Y antes de desparramarse
para empezar vida nueva,
en aquella soledá
Martín Fierro, con prudencia,
a sus hijos y al de Cruz
les habló de esta manera.


José Rafael Hernández y Pueyrredón
(10 de noviembre de 1834 - 21 de octubre de 1886)

Militar, periodista, poeta y político argentino, especialmente conocido como el autor del Martín Fierro, obra máxima de la literatura gauchesca. En su homenaje, el 10 de noviembre -aniversario de su nacimiento- se festeja en la Argentina el Día de la Tradición.

Tras iniciarse como militar en defensa de la autonomía del Estado de Buenos Aires, entre 1852 y 1872 desarrolló una intensa actividad periodística, enfrentado al predominio de la ciudad de Buenos Aires en la organización de su país. En una época de gran agitación política, sostuvo que las provincias no debían permanecer ligadas al gobierno de Buenos Aires.

Radicado en Paraná desde 1857, residió alternativamente en esa ciudad, en Corrientes, Rosario y Montevideo, antes de regresar a Buenos Aires.

Participó en una de las últimas rebeliones federales, dirigida por Ricardo López Jordán, cuyo primer intento de acción finalizó en 1871 con la derrota de los gauchos y el exilio de Hernández en el Brasil. Después de esta revolución continuó siendo durante un tiempo asesor del general revolucionario, pero con el tiempo se distanció de él.

A su regreso a la Argentina, en 1872, continuó su lucha por medio del periodismo y publicó la primera parte de su obra maestra, El gaucho Martín Fierro.

Fue a través de su poesía como consiguió un gran eco para sus propuestas y la más valiosa contribución a la causa de los gauchos.

Junto con la continuación de la obra, La vuelta de Martín Fierro (1879), forman un poema épico popular. Es generalmente considerada la obra cumbre de la literatura argentina.

Posteriormente desempeñó los cargos de diputado y senador de la provincia de Buenos Aires. Ocupando este último cargo, defendió la federalización de Buenos Aires en un memorable discurso, enfrentándose a Leandro N. Alem.


Fuente: Wikipedia

miércoles, 30 de diciembre de 2015

La guerra al malón - Comandante Manuel Prado



La guerra al malón

Comandante Manuel Prado

I

Cuando ingresé al Ejército, allá por mayo de 1877, el  tren que debía llevarme hasta Chivilcoy, cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste, salía de la estación del  Parque y del mismo lugar en donde ahora se levanta,  soberbio e imponente, el teatro Colón.

Y no debe sorprender que el tren tuviese su punto de partida en el centro de la ciudad, si se considera que el desierto empezaba ahí nomás, a cuarenta leguas de la casa de gobierno.

Entonces los indios, señores soberanos de la pampa, se daban el lujo de traer sus invasiones hasta las puertas de Buenos Aires, no siendo extraño que el malón quemase las mejores poblaciones de Olavarría, Sauce Corto, la Blanca Grande, 25 de Mayo, Junín, Pergamino, etc.

Aquellas épocas -y no pertenecen a la edad de piedra, ni siquiera a la de bronce- han sido ya olvidadas,  y con ellas los pobres y heroicos milicos, cuyos restos blanquean, acaso confundidos con las osamentas del  ganado, a orillas de las lagunas o en el fondo de los  médanos.

Pero, dejemos a un lado las digresiones históricas  y vengamos al Parque.

Mi padre, que había creído descubrir en mí todos los caracteres de un guerrero, me encajó de cadete, por no meterme de fraile, y, para que ganase en buena ley los galones, eligió para mi debut un regimiento que se hallaba en la frontera, primera línea. Una mañana fui llevado a la estación, entregado al alférez Requejo, que regresaba con un sargento y dos soldados a Trenque Lauquen, y... en marcha.

II

Inventaría si pretendiese describir ahora las impresiones que iban grabándose en mi espíritu mientras el  tren se alejaba de la ciudad, cruzando la calle del  Parque y luego la de Corrientes, para hacer su primer  alto en la estación del Once. Estaba perfecta y absolutamente atolondrado.

Aquella partida tan brusca y tan inesperada, para un lugar tan remoto y con un destino tan misterioso, eran cosas que no cabían en la conciencia de un niño: no hay objetivo que recoja impresiones más allá del campo visual que permite la curvatura de la tierra.

Cuando llegamos a Flores el oficial me dirigió la palabra:

-¿Cómo dice que se llama usted?

-Fulano de Tal.

-¿Que edad tiene?

-Catorce años.

-¿Cumplidos?

-No, señor; cumplo en julio.

-¿Y quien diablos le ha metido a usted en la cabeza ser militar?...

-¿A mí? Nadie.

-¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...

-No, señor. Mi padre es quien desea que me haga oficial. El me ha puesto en el Ejército.

-Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a usted a un regimiento que está en la frontera, primera línea, es como ponerlo pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres... para cuanto más un chico... ¡La gran flauta! Si yo fuera Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, ya vería lo que son pastillas.

Y cambiando de tono, esforzándose por dar a su rostro, curtido por la intemperie, y a su voz, un tanto enronquecida en el mando, un acento cariñoso, prosiguió:

 La primera obligación del recluta que llega a una compañía es saber el nombre de sus cabos, sargentos y oficiales... Vaya aprendiendo, ¿eh?... Yo me llamo el alférez Lorenzo Requejo y mando la escolta del coronel Villegas, veinticinco hombres así (y apretaba los dientes y mostraba el puño). A usted me figuro que lo destinarán a la banda... aunque no... ¿De qué va usted?...

-¿ De que voy? -contesté-. ¡Qué se yo de qué voy!

Y sacando del bolsillo del saco el nombramiento de la Inspección de Armas, se lo mostré.

El alférez Requejo tomó el pliego, lo desdobló cuidadosamente, miró largo rato lo escrito y, con los ojos medio llorosos, me lo devolvió diciendo:

-Lea usted... he dejado los anteojos en el baúl.

¡Ah! -exclamó cuando hube leído-. Usted va de aspirante... Es otra cosa... Qué banda ni qué banda... lo darán de alta en una compañía... los aspirantes ascienden a oficiales, cuando no se mueren o piden la baja. ¿Sabe andar a caballo?

-Un poco, señor.

-Un poco no basta... Hace falta saber mucho... ser jinete... animársele a "cualesquier" mancarrón... aunque para el caso es lo mismo, porque si no se anima lo han de obligar. La carrera militar es así. Se hace lo que mandan y no lo que uno quiere. Para eso el superior tiene en la mano todos los resortes... los resortes y el poder... Y si no, vea. ¿Ahora es de día o de noche?

-Es de día -repuse mirando con asombro al alférez Requejo.

-Bueno, ¿y si yo dijera que es de noche?

-Sostendría que está usted equivocado.

El alférez me clavo la mirada, una mirada verdaderamente feroz, y prosiguió:

-Lo pondría de plantón.

-Repetiría que no es de noche.

-Le acomodaría una paliza.

-Pero no sería de noche.

-Una estaqueadura.

-No anochecería por eso.

-¿Qué no? Le haría acomodar cuatro tiros y veríamos después quien quedaba con la palabra y la razón.

La amenaza de los cuatro tiros me produjo una sensación de frío inexplicable. Tuve ganas de disparar, pero me faltaron las fuerzas y el coraje. En estas ocasiones se aplican todos los fenómenos de la hipnotización.

El alférez se dio cuenta de que me había asustado demasiado y, soltando una carcajada sonora y vibrante, exclamó:

-¡Oiganle al maula! Ha visto, amigo, que cuando el superior dice que el día es noche así no más tiene que ser. ¿Que me dice ahora? ¿Es de noche o no?

-Si, señor -repuse humildemente; y desde ese momento adquirí las primeras nociones del arte militar; ese arte admirable que pretende llegar, en sus creaciones, a la sublimidad del genio, teniendo por base este lema: "¡Obediencia pasiva y absoluta!"

En Merlo, el tren se detenía un cuarto de hora.

Bajamos del coche, según el alférez Requejo, para desentumir las tabas, pero en realidad para meternos en la confitería.

-Vamos amigo -dijo-, a matar el gusano. ¿Qué toma usted?

Yo tenía un apetito de todos los diablos y le compré una empanada a una mulata que andaba ofreciéndolas "calientes y sabrosas por un peso".

El alférez llamó al mozo y le explicó lo que deseaba: una ginebra con bíter... para él. Para los milicos que estaban en el coche de segunda un vasito de caña con limonada, no muy lleno, porque podía hacerles daño.

En seguida empuño la copa que acababan de servirle, la llevó a los labios y, volviendo a ponerla sobre la mesa sin tocarla, gritó:

-¡Mozo! Tráigame un chorizo y un pan francés.

Y mirándome, como si quisiera darme un buen consejo, prosiguió:

-Estos ginebrones suelen ser ariscos cuando se les monta en pelo... mejor es echar primero un poco de lastre en el estómago.

Un minuto más tarde volvió el mozo trayendo un chorizo cocido y el pan pedido por el alférez. Mi amigo Requejo devoró el lastre en un santiamén, se echó la ginebra al cuerpo de un solo trago y, levantándose, estiró los brazos, soltó diversas patadas al aire y acomodándose el kepi sobre la ceja derecha -así lo disponían entonces los reglamentos-, me llevo al andén.

Un momento de paseo y al coche. Ibamos a salir para Mercedes, en donde se almorzaba.

Omito la descripción de ese viaje, monótono y sin interés alguno, hasta Chivilcoy.

Allá debían empezar mis tribulaciones. Se entraba en el desierto, y esa entrada tenía que ser solemne e imponente para un recluta como yo.

No me acuerdo bien, pero creo que llegamos a Chivilcoy -cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste- a eso de las tres de la tarde. Desde allí a Junín, la cruzada se hacía en mensajería, no de un tirón, sino pasando la noche en Chacabuco.

Apenas bajados del tren, abordaron al alférez Requejo el comisario de policía y el mayoral de la galera.

Había malísimas noticias. Un grupo de indios considerable, mandados por el mismísimo Pincén, estaban "adentro" haciendo fechorías. Se había sentido el malón a inmediaciones de Rojas y de Pergamino y, según los datos que se tenían, no sería difícil que la indiada pretendiese salir a la altura de Junín. Como podríamos tropezar con ella, era bueno que fuésemos prevenidos. Por lo pronto, convenía salir en el acto, a fin de llegar a Chacabuco antes de la noche. Los caminos se hallaban intransitables a consecuencia de las lluvias y la mancarronada, como de costumbre, en deplorable estado.

La galera estaba lista para salir, y si el alférez Requejo no disponía lo contrario podríamos prenderle, desde luego. Cuando antes mejor.

-Y a todo esto -pregunto el mayoral dirigiéndose al alférez-, ¿son muchos ustedes?

-Suficiente para que usted no se muera de susto en el camino -contestó sonriendo mi oficial-, y demasiados para las fuerzas de sus matungos...
Somos, yo, el sargento Acevedo, el cabo Rivas y este jovencito. Pero no tenemos gran equipaje: apenas las armas, una valija (se trataba de la mía) y dos pares de maletas.

¿Hay muchos pasajeros más?

-Dos solamente -respondió el mayoral: el capataz de don Ataliva Roca y un galleguito que va de mozo para el hotel de Chacabuco.

-Entonces, en marcha -repuso el alférez. Y acompañados del comisario y del mayoral, seguidos de los milicos, que se habían hecho cargo de mi valija, salimos de la estación con rumbo al hotel, delante del cual estaba la galera lista para ponerse en camino.  

III

La mensajería -uno de esos viejos armatostes de los cuales apenas queda el recuerdo en nuestra campaña- se hallaba prodigiosamente atalajada en cuanto al número de las bestias que debían arrastrarla: cuatro yeguas en el tronco - dos en la lanza y los laderos- y tres yeguas en las cuartas dirigidas cada una por un postillón.

Ibamos todos armados hasta los dientes; y digo todos armados porque a mí se me entregó una carabina de la policía y ochenta tiros.

El capataz de don Ataliva Roca llevaba un magnífico wínchester, el galleguito fondero un trabuco y los demás -oficial, postillones, mayoral y milicos- carabinas, facones, boleadoras, revólveres y... hasta una lanza, que debíamos entregarle en Junín al teniente Maza, viejo cautivo que revistaba como oficial de baquianos en el célebre y valeroso escuadrón de indios junineros.

A una orden del alférez Requejo -quien por pronta maniobra había dispuesto que se le pusiera al alcance de la mano un frasco de ginebra-, subimos a la mensajería. El mayoral en el pescante, en la berlina el alférez con el capataz de Roca y adentro del vehículo los soldados, el galleguito y yo.

Sintióse un toque prolongado de corneta, dado por el mayoral, y en marcha. Los tiros, estimulados por el látigo y los gritos de los conductores, salieron a toda furia y pocos minutos después corríamos en pleno desierto.

Entonces empezó la charla; el alférez Requejo y el capataz de Roca, se le dormían al chascarrillo y al frasco; nosotros... tiene la palabra el sargento Acevedo. Pero antes de que hable el sargento, permítaseme presentar a él y a su camarada, el cabo Rivas.

Acevedo era un hombre de estatura mediana; pero robusto, eso sí, achinado, de ojos pequeños y penetrantes; bigote ralo y cerdoso; pelo duro y cortado al rape; cincuenta y siete años de edad y cuarenta de servicios.

Estaba en el regimiento desde la época del coronel Granada. Lo destinaron porque un día -era un muchachón encelado y travieso-, alegando en Las Flores con un policiano, éste, al verlo chico, le dio un rebencazo. Entonces él -vean ustedes lo que es la desgracia- sacó el cuchillo para hacer la parada no más, pero el milico se resbaló y quiso su mala suerte que se ensartara. El pobre murió porque descuidaron la curación -no porque el tajo fuese malo-, y a él lo metieron en la cárcel y luego lo echaron a la frontera. La condena fue por tres años: pero cuando la cumplió lo llamó el capitán de su compañía y le dijo: -Vos has cumplido, ¿no? Pero cumplir no es tener la baja. Te conviene tomar enganche, quedarte cuatro años en el cuerpo y salir de cabo. Si no te gusta, peor para vos. El gobierno necesita gente guapa y hacés falta aquí. Ahora elegí. Si te enganchás te asciendo y te entrego la cuota; de lo contrario, si te vas, ni te asciendo, ni tenés cuota, pero puede que ligués una marimba de palos como para vos solo.

Y Acevedo no vaciló. Se enganchó y lo hicieron cabo. Después vino la de Caseros, y -ya se sabe- en tiempo de guerra no hay más baja que para el otro mundo...

Detrás de Caseros vinieron cien mil barullos, y cuando el hombre pudo reclamar su licencia estaba aquerenciado.

El regimiento era su familia, su oficio era pelear; su destino, sufrir. Por otra parte, ¿adonde iba a ir... que más valiese?

En Cepeda -y eso que fue de los primeros en apretarse el gorro- lo hicieron sargento. Vino Pavón, no disparó y no le hicieron nada. De aquí dedujo un principio que suele ser exacto en la mayoría de estos casos: "Si se quiere ascender y ser notable, lo mejor es hacer punta en las derrotas, pero a condición de correr revoleando el sable y gritando de manera que todos lo oigan:"¡No disparen, maulas!, ¡hagan frente!"

Después de Pavón, las guerras del interior, y luego la campaña del Paraguay, la de Entre Ríos... la mar de revueltas y de bochinches.

Ahora era sargento primero en la escolta del coronel, y cuando concluyese la expedición recibiría la baja, para entrar de vigilante en Buenos Aires y obtener su jubilación.

El coronel se lo tenía prometido y no había qué hacer.

El cabo Rivas -también de la escolta- era un hombre joven, simpático, entrerriano, destinado al regimiento como prisionero de guerra en el año 73 y acreditado por las pruebas de arrojo que diera en diversas ocasiones. Encargado de los caballos del coronel, debía esperar en Junín la vuelta de su jefe para acompañarlo a Trenque Lauquen.

El galleguito, nuestro compañero, era cualquier cosa. lba de fondero como podía ir de sacristán a cualquier iglesia de campaña. Llegó a Chacabuco sin despegar los labios. Jamás volví a saber nada de su persona. 
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Comandante Manuel Prado

(Buenos Aires, 8 de Julio de 1863 - Rosario, Santa Fe, 7 de Mayo de 1932).

Militar y escritor argentino conocido por sus obras "Guerra al malón" y "La conquista de la pampa".

A los once años ingresó al Colegio Militar de Buenos Aires y ya en 1877 pasó a formar parte del Ejército Argentino. Iniciada, ese mismo año, la Conquista del Desierto ideada por Julio Argentino Roca, se incorporó al 3º Regimiento de Caballería y participo de los ataques dirigidos por Conrado Villegas desde Trenque Lauquen hasta Choele Choel (1879). Desde 1891 escribió algunos artículos que se publicaron en los periódicos "La Nación, "El Diario" y "El Tribuno". Tras más de veintiún años de servicio militar se le concedió su retiro en 1899. En 1907 publicó su libro "Guerra al malón".

Falleció en Rosario, Santa Fé, el 7 de Mayo de 1932.

Fuente: Wikipedia.



Glosario

Antonio Ataliva Roca (San Miguel de Tucumán, 10 de mayo de 1839 – Buenos Aires, 21 de mayo de 1912) hombre de negocios y político argentino. Fundó la ciudad de Ataliva en la provincia de Santa Fe. Era el hijo del Coronel Segundo Roca y hermano del Grl Julio Argentino Roca.

mayoral: encargado de gobernar a un conjunto de personas p.e. el que dirige una cuadrilla de trabajadores, una diligencia o una comunidad religiosa.

Pincen: Cacique ranquel.

postillón: Mozo que iba a caballo delante de los que corrían la posta para guiarlos, o montado en una caballería de las delanteras del tiro de un carruaje, para dirigirlo.

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martes, 29 de diciembre de 2015

Gobierno gaucho - Estanislao del Campo



Gobierno gaucho

Estanislao del Campo


                                   I

Tomé en casa el otro día
Tan soberano peludo,
Que hasta hoy, caballeros, dudo
Si ando mamao todavía;
Carculen como sería
La mamada que agarré
Que sin más me afiguré
Que yo era el mesmo Gobierno
Y más leyes que un infierno
Con la tranca decreté.

                                   II

Gomitao y trompezando
Del fogón pasé a la sala,
Con un garrote de tala
Que era mi bastón de mando;
Y medio tartamudiando,
A causa del aguardiente,
Y con el pelo en la frente,
Los ojos medios vidriosos,
Y con los labios babosos,
Hablé del tenor siguiente:

                                  III

"Paisanos, dende esta fecha
El contingente concluyo;
Cuide cada uno lo suyo
Que es la cosa más derecha;
No abandone su cosecha
El gaucho que haiga sembrao,
Deje que el que es hacendao,
Cuide las vacas que tiene,
Que él es a quien le conviene
Asigurar su ganao.

                                   IV

"Vaya largando terreno,
Sin mosquiar, el ricachón,
Capaz, de puro mamón,
De mamar hasta con freno;
Pues no me parece güeno
Sino que por el contrario,
Es injusto y albitrario
Que tenga media campaña,
Sólo porque tuvo maña
Para hacerse arrendatario.

                                   V

"Si el pasto nace en el suelo
Es porque Dios lo ordenó,
Que para eso agua les dio
A los ñublaos del cielo.
Dejen pues que al caramelo
Le hinquemos todos el diente
Y no andemos, tristemente,
Sin tener en donde armar
Un rancho, para sestiar
Cuando pica el sol ardiente.

                                   VI

"Mando que dende este istante
Lo casen a uno de balde,
Que envaine el corvo el alcalde
Y su lista el comendante;
Que no sea atropellante
El juez de paz del partido,
Que a aquel que lo hallen bebido,
Porque así le dio la gana,
No le meneen catana,
Que al fin está divertido.

                                  VII

"Mando, hoy que soy Sueselencia,
Que el que quiera ser pulpero,
Se ha de confesar primero
Para que tenga concencia.
Porque es cierto a la evidencia
Que hoy naides tiene confianza,
Ni en medida ni en balanza,
Pues todo venden mermao,
Y cuando no es vino aguao,
Es yerba con mezcolanza.

                                  VIII

"Naides tiene que pedir
Pase para otro partido,
Pues libre el hombre ha nacido
Y ande quiera puede dir;
Y si es razón permitir
Que el pueblero vaya y venga,
Justo es que el gaucho no tenga
Que dar cuenta a donde va,
Sino que con libertá
Vaya a donde le convenga."

                                   IX

¿A ver si hay una persona
De las que me han escuchao
Que diga que he gobernao
Sin acierto con la mona?
Sáquemen una carona
De mi mesmísimo cuero,
Sino haría un verdadero
Gobierno Anastasio el Pollo
Que hasta mamao es un criollo,
Más servicial que un yesquero.

                                   X

Si no me hubiese empinao,
Como me suelo empinar,
La limeta hasta acabar,
Lindo lo habría acertao,
Pues lo que hubiera quedao
Lo mando como un favor
Al mesmo gobernador
Que nos manda en lo presente,
A ver si con mi aguardiente
Nos gobernaba mejor.


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Estanislao del Campo Maciel y Luna Brizuela

(Buenos Aires, 7 de febrero de 1834 - Ib., 6 de noviembre de 1880)


Hijo de Estanislao del Campo y Gregoria Luna. Cursó estudios en la Academia Porteña Federal y trabajó como dependiente de tienda.

Luego fue militar, funcionario de gobierno y escritor; bajo el pseudónimo de Anastasio el Pollo se inicio en el mundo de las letras. Su poema Fausto alcanzó casi de inmediato una enorme popularidad.

Entre sus obras se destacan "Los debates de Mitre" y "Carta de Anastasio el Pollo", ambas de 1857.

En 1852 tomó parte en la defensa de la Ciudad de Buenos Aires cuando el Gral Lagos le puso sitio. Posteriormente trabajó en la Aduana porteña.

Fue secretario de la Cámara de Diputados y participó en Cepeda y Pavón. Fue ascendido al grado de capitán en 1861 y en 1874 a teniente coronel. Se desempeñó como diputado nacional y oficial mayor del Ministerio de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires.

Se casó, en 1864, con Carolina Micaela Lavalle Darregueyra con la que tuvo tres hijos.

Estanislao del Campo falleció en 1880 y los poetas José Hernández y Carlos Guido y Spano, pronunciaron oraciones en su tumba.

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lunes, 28 de diciembre de 2015

El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha - Miguel de Cervantes


El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha
Miguel de Cervantes


Capítulo XLV

De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión
                                         de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar.

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-Y ¿a quién llaman don Sancho Panza? -preguntó Sancho.

-A vueseñoría -respondió el mayordomo-; que en esta ínsula no ha entrado otro Panza sino el que está sentado en esa silla.

-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo imagino que en esta ínsula debe haber más dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podrá ser que si el gobierno me dura cuatro días, yo escardaré estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el señor mayordomo; que yo responderé lo mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.

A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:

-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuesa merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: «Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?» Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas; y ahora en este punto acaba de venir por ellas; yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura; antes me pide que le pague o vuelva su paño.

-¿Es todo esto así, hermano? -preguntó Sancho.

-Sí, señor -respondió el hombre-; pero hágale vuesa merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho.

-De buena gana -respondió el sastre.

Y sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:

-He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de veedores del oficio.


Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:

-Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los presos de la cárcel, y no haya más.

Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:

-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando se los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad, de volvérmelos, que la que él tenía cuando yo se los presté; pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado, ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querría que vuesa merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquí y para delante de Dios.

-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? -dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuesa merced esa vara; y, pues él lo deja en mi juramento, yo juraré cómo se los he vuelto y pagado real y verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía su contrario, y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pidiría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando la cabeza, se salió del juzgado; visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y en viéndole Sancho, le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.

-De muy buena gana -respondió el viejo-: hele aquí, señor.

Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y dándosele al otro viejo, le dijo:

-Andad con Dios, que ya vais pagado.

-¿Yo, señor? -respondió el viejo-. Pues ¿vale esta cañaheja diez escudos de oro?

-Sí -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el corazón della hallaron diez escudos en oro; quedaron todos admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.

Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que en acabando de jurar le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más que él había oído contar otro caso como aquél al cura de su lugar, y que él tenía tan gran memoria, que a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y pondría por tonto o por discreto.
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                                                               Glosario


báculo: Bastón alto, generalmente de madera, y con el extremo superior curvo.

cañaheja: Planta aromática de la familia de las umbelíferas, de tallo hueco, que mide hasta 2 m de alto y de la que se obtiene gomorresina.

caperuza: Gorro con la punta inclinada hacia atrás unido a una tira de tela o al cuello de algunas prendas de vestir, en especial a una capa.

escardar:  Separar lo bueno de lo malo, en especial de las cosas no materiales.
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herreruelo: El herreruelo o ferreruelo era una capa corta de origen militar utilizada por los hombres en España y en otros países europeos en el siglo XVII.

porro:  Se aplica a la persona que es torpe y tosca.
 

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Miguel de Cervantes Saavedra
(Alcalá de Henares, 5/29 de septiembre de 1547
Madrid, 22 de abril/l4 Marzo de 1616)

Novelista, poeta, dramaturgo y soldado español. Está considerado la máxima figura de la literatura española y es universalmente conocido por haber escrito El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (llamado habitualmente como el Quijote), que muchos críticos han descrito como la primera novela moderna y una de las mejores obras de la literatura universal, además de ser el libro más editado y traducido de la historia, solo superado por la Biblia. Se le ha dado el sobrenombre de «Príncipe de los Ingenios».
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