miércoles, 30 de diciembre de 2015

La guerra al malón - Comandante Manuel Prado



La guerra al malón

Comandante Manuel Prado

I

Cuando ingresé al Ejército, allá por mayo de 1877, el  tren que debía llevarme hasta Chivilcoy, cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste, salía de la estación del  Parque y del mismo lugar en donde ahora se levanta,  soberbio e imponente, el teatro Colón.

Y no debe sorprender que el tren tuviese su punto de partida en el centro de la ciudad, si se considera que el desierto empezaba ahí nomás, a cuarenta leguas de la casa de gobierno.

Entonces los indios, señores soberanos de la pampa, se daban el lujo de traer sus invasiones hasta las puertas de Buenos Aires, no siendo extraño que el malón quemase las mejores poblaciones de Olavarría, Sauce Corto, la Blanca Grande, 25 de Mayo, Junín, Pergamino, etc.

Aquellas épocas -y no pertenecen a la edad de piedra, ni siquiera a la de bronce- han sido ya olvidadas,  y con ellas los pobres y heroicos milicos, cuyos restos blanquean, acaso confundidos con las osamentas del  ganado, a orillas de las lagunas o en el fondo de los  médanos.

Pero, dejemos a un lado las digresiones históricas  y vengamos al Parque.

Mi padre, que había creído descubrir en mí todos los caracteres de un guerrero, me encajó de cadete, por no meterme de fraile, y, para que ganase en buena ley los galones, eligió para mi debut un regimiento que se hallaba en la frontera, primera línea. Una mañana fui llevado a la estación, entregado al alférez Requejo, que regresaba con un sargento y dos soldados a Trenque Lauquen, y... en marcha.

II

Inventaría si pretendiese describir ahora las impresiones que iban grabándose en mi espíritu mientras el  tren se alejaba de la ciudad, cruzando la calle del  Parque y luego la de Corrientes, para hacer su primer  alto en la estación del Once. Estaba perfecta y absolutamente atolondrado.

Aquella partida tan brusca y tan inesperada, para un lugar tan remoto y con un destino tan misterioso, eran cosas que no cabían en la conciencia de un niño: no hay objetivo que recoja impresiones más allá del campo visual que permite la curvatura de la tierra.

Cuando llegamos a Flores el oficial me dirigió la palabra:

-¿Cómo dice que se llama usted?

-Fulano de Tal.

-¿Que edad tiene?

-Catorce años.

-¿Cumplidos?

-No, señor; cumplo en julio.

-¿Y quien diablos le ha metido a usted en la cabeza ser militar?...

-¿A mí? Nadie.

-¿Cómo nadie?... ¿Acaso el juez de menores?...

-No, señor. Mi padre es quien desea que me haga oficial. El me ha puesto en el Ejército.

-Bueno, amigo. Su padre es un salvaje, y no sabe lo que es canela. Cuando menos se ha figurado que mandarlo a usted a un regimiento que está en la frontera, primera línea, es como ponerlo pupilo en los jesuitas. Allá va a tener que hamacarse y sudar sangre. He visto llorar hombres... para cuanto más un chico... ¡La gran flauta! Si yo fuera Rosas, lo hacía venir a su padre con nosotros, ya vería lo que son pastillas.

Y cambiando de tono, esforzándose por dar a su rostro, curtido por la intemperie, y a su voz, un tanto enronquecida en el mando, un acento cariñoso, prosiguió:

 La primera obligación del recluta que llega a una compañía es saber el nombre de sus cabos, sargentos y oficiales... Vaya aprendiendo, ¿eh?... Yo me llamo el alférez Lorenzo Requejo y mando la escolta del coronel Villegas, veinticinco hombres así (y apretaba los dientes y mostraba el puño). A usted me figuro que lo destinarán a la banda... aunque no... ¿De qué va usted?...

-¿ De que voy? -contesté-. ¡Qué se yo de qué voy!

Y sacando del bolsillo del saco el nombramiento de la Inspección de Armas, se lo mostré.

El alférez Requejo tomó el pliego, lo desdobló cuidadosamente, miró largo rato lo escrito y, con los ojos medio llorosos, me lo devolvió diciendo:

-Lea usted... he dejado los anteojos en el baúl.

¡Ah! -exclamó cuando hube leído-. Usted va de aspirante... Es otra cosa... Qué banda ni qué banda... lo darán de alta en una compañía... los aspirantes ascienden a oficiales, cuando no se mueren o piden la baja. ¿Sabe andar a caballo?

-Un poco, señor.

-Un poco no basta... Hace falta saber mucho... ser jinete... animársele a "cualesquier" mancarrón... aunque para el caso es lo mismo, porque si no se anima lo han de obligar. La carrera militar es así. Se hace lo que mandan y no lo que uno quiere. Para eso el superior tiene en la mano todos los resortes... los resortes y el poder... Y si no, vea. ¿Ahora es de día o de noche?

-Es de día -repuse mirando con asombro al alférez Requejo.

-Bueno, ¿y si yo dijera que es de noche?

-Sostendría que está usted equivocado.

El alférez me clavo la mirada, una mirada verdaderamente feroz, y prosiguió:

-Lo pondría de plantón.

-Repetiría que no es de noche.

-Le acomodaría una paliza.

-Pero no sería de noche.

-Una estaqueadura.

-No anochecería por eso.

-¿Qué no? Le haría acomodar cuatro tiros y veríamos después quien quedaba con la palabra y la razón.

La amenaza de los cuatro tiros me produjo una sensación de frío inexplicable. Tuve ganas de disparar, pero me faltaron las fuerzas y el coraje. En estas ocasiones se aplican todos los fenómenos de la hipnotización.

El alférez se dio cuenta de que me había asustado demasiado y, soltando una carcajada sonora y vibrante, exclamó:

-¡Oiganle al maula! Ha visto, amigo, que cuando el superior dice que el día es noche así no más tiene que ser. ¿Que me dice ahora? ¿Es de noche o no?

-Si, señor -repuse humildemente; y desde ese momento adquirí las primeras nociones del arte militar; ese arte admirable que pretende llegar, en sus creaciones, a la sublimidad del genio, teniendo por base este lema: "¡Obediencia pasiva y absoluta!"

En Merlo, el tren se detenía un cuarto de hora.

Bajamos del coche, según el alférez Requejo, para desentumir las tabas, pero en realidad para meternos en la confitería.

-Vamos amigo -dijo-, a matar el gusano. ¿Qué toma usted?

Yo tenía un apetito de todos los diablos y le compré una empanada a una mulata que andaba ofreciéndolas "calientes y sabrosas por un peso".

El alférez llamó al mozo y le explicó lo que deseaba: una ginebra con bíter... para él. Para los milicos que estaban en el coche de segunda un vasito de caña con limonada, no muy lleno, porque podía hacerles daño.

En seguida empuño la copa que acababan de servirle, la llevó a los labios y, volviendo a ponerla sobre la mesa sin tocarla, gritó:

-¡Mozo! Tráigame un chorizo y un pan francés.

Y mirándome, como si quisiera darme un buen consejo, prosiguió:

-Estos ginebrones suelen ser ariscos cuando se les monta en pelo... mejor es echar primero un poco de lastre en el estómago.

Un minuto más tarde volvió el mozo trayendo un chorizo cocido y el pan pedido por el alférez. Mi amigo Requejo devoró el lastre en un santiamén, se echó la ginebra al cuerpo de un solo trago y, levantándose, estiró los brazos, soltó diversas patadas al aire y acomodándose el kepi sobre la ceja derecha -así lo disponían entonces los reglamentos-, me llevo al andén.

Un momento de paseo y al coche. Ibamos a salir para Mercedes, en donde se almorzaba.

Omito la descripción de ese viaje, monótono y sin interés alguno, hasta Chivilcoy.

Allá debían empezar mis tribulaciones. Se entraba en el desierto, y esa entrada tenía que ser solemne e imponente para un recluta como yo.

No me acuerdo bien, pero creo que llegamos a Chivilcoy -cabecera entonces del Ferrocarril del Oeste- a eso de las tres de la tarde. Desde allí a Junín, la cruzada se hacía en mensajería, no de un tirón, sino pasando la noche en Chacabuco.

Apenas bajados del tren, abordaron al alférez Requejo el comisario de policía y el mayoral de la galera.

Había malísimas noticias. Un grupo de indios considerable, mandados por el mismísimo Pincén, estaban "adentro" haciendo fechorías. Se había sentido el malón a inmediaciones de Rojas y de Pergamino y, según los datos que se tenían, no sería difícil que la indiada pretendiese salir a la altura de Junín. Como podríamos tropezar con ella, era bueno que fuésemos prevenidos. Por lo pronto, convenía salir en el acto, a fin de llegar a Chacabuco antes de la noche. Los caminos se hallaban intransitables a consecuencia de las lluvias y la mancarronada, como de costumbre, en deplorable estado.

La galera estaba lista para salir, y si el alférez Requejo no disponía lo contrario podríamos prenderle, desde luego. Cuando antes mejor.

-Y a todo esto -pregunto el mayoral dirigiéndose al alférez-, ¿son muchos ustedes?

-Suficiente para que usted no se muera de susto en el camino -contestó sonriendo mi oficial-, y demasiados para las fuerzas de sus matungos...
Somos, yo, el sargento Acevedo, el cabo Rivas y este jovencito. Pero no tenemos gran equipaje: apenas las armas, una valija (se trataba de la mía) y dos pares de maletas.

¿Hay muchos pasajeros más?

-Dos solamente -respondió el mayoral: el capataz de don Ataliva Roca y un galleguito que va de mozo para el hotel de Chacabuco.

-Entonces, en marcha -repuso el alférez. Y acompañados del comisario y del mayoral, seguidos de los milicos, que se habían hecho cargo de mi valija, salimos de la estación con rumbo al hotel, delante del cual estaba la galera lista para ponerse en camino.  

III

La mensajería -uno de esos viejos armatostes de los cuales apenas queda el recuerdo en nuestra campaña- se hallaba prodigiosamente atalajada en cuanto al número de las bestias que debían arrastrarla: cuatro yeguas en el tronco - dos en la lanza y los laderos- y tres yeguas en las cuartas dirigidas cada una por un postillón.

Ibamos todos armados hasta los dientes; y digo todos armados porque a mí se me entregó una carabina de la policía y ochenta tiros.

El capataz de don Ataliva Roca llevaba un magnífico wínchester, el galleguito fondero un trabuco y los demás -oficial, postillones, mayoral y milicos- carabinas, facones, boleadoras, revólveres y... hasta una lanza, que debíamos entregarle en Junín al teniente Maza, viejo cautivo que revistaba como oficial de baquianos en el célebre y valeroso escuadrón de indios junineros.

A una orden del alférez Requejo -quien por pronta maniobra había dispuesto que se le pusiera al alcance de la mano un frasco de ginebra-, subimos a la mensajería. El mayoral en el pescante, en la berlina el alférez con el capataz de Roca y adentro del vehículo los soldados, el galleguito y yo.

Sintióse un toque prolongado de corneta, dado por el mayoral, y en marcha. Los tiros, estimulados por el látigo y los gritos de los conductores, salieron a toda furia y pocos minutos después corríamos en pleno desierto.

Entonces empezó la charla; el alférez Requejo y el capataz de Roca, se le dormían al chascarrillo y al frasco; nosotros... tiene la palabra el sargento Acevedo. Pero antes de que hable el sargento, permítaseme presentar a él y a su camarada, el cabo Rivas.

Acevedo era un hombre de estatura mediana; pero robusto, eso sí, achinado, de ojos pequeños y penetrantes; bigote ralo y cerdoso; pelo duro y cortado al rape; cincuenta y siete años de edad y cuarenta de servicios.

Estaba en el regimiento desde la época del coronel Granada. Lo destinaron porque un día -era un muchachón encelado y travieso-, alegando en Las Flores con un policiano, éste, al verlo chico, le dio un rebencazo. Entonces él -vean ustedes lo que es la desgracia- sacó el cuchillo para hacer la parada no más, pero el milico se resbaló y quiso su mala suerte que se ensartara. El pobre murió porque descuidaron la curación -no porque el tajo fuese malo-, y a él lo metieron en la cárcel y luego lo echaron a la frontera. La condena fue por tres años: pero cuando la cumplió lo llamó el capitán de su compañía y le dijo: -Vos has cumplido, ¿no? Pero cumplir no es tener la baja. Te conviene tomar enganche, quedarte cuatro años en el cuerpo y salir de cabo. Si no te gusta, peor para vos. El gobierno necesita gente guapa y hacés falta aquí. Ahora elegí. Si te enganchás te asciendo y te entrego la cuota; de lo contrario, si te vas, ni te asciendo, ni tenés cuota, pero puede que ligués una marimba de palos como para vos solo.

Y Acevedo no vaciló. Se enganchó y lo hicieron cabo. Después vino la de Caseros, y -ya se sabe- en tiempo de guerra no hay más baja que para el otro mundo...

Detrás de Caseros vinieron cien mil barullos, y cuando el hombre pudo reclamar su licencia estaba aquerenciado.

El regimiento era su familia, su oficio era pelear; su destino, sufrir. Por otra parte, ¿adonde iba a ir... que más valiese?

En Cepeda -y eso que fue de los primeros en apretarse el gorro- lo hicieron sargento. Vino Pavón, no disparó y no le hicieron nada. De aquí dedujo un principio que suele ser exacto en la mayoría de estos casos: "Si se quiere ascender y ser notable, lo mejor es hacer punta en las derrotas, pero a condición de correr revoleando el sable y gritando de manera que todos lo oigan:"¡No disparen, maulas!, ¡hagan frente!"

Después de Pavón, las guerras del interior, y luego la campaña del Paraguay, la de Entre Ríos... la mar de revueltas y de bochinches.

Ahora era sargento primero en la escolta del coronel, y cuando concluyese la expedición recibiría la baja, para entrar de vigilante en Buenos Aires y obtener su jubilación.

El coronel se lo tenía prometido y no había qué hacer.

El cabo Rivas -también de la escolta- era un hombre joven, simpático, entrerriano, destinado al regimiento como prisionero de guerra en el año 73 y acreditado por las pruebas de arrojo que diera en diversas ocasiones. Encargado de los caballos del coronel, debía esperar en Junín la vuelta de su jefe para acompañarlo a Trenque Lauquen.

El galleguito, nuestro compañero, era cualquier cosa. lba de fondero como podía ir de sacristán a cualquier iglesia de campaña. Llegó a Chacabuco sin despegar los labios. Jamás volví a saber nada de su persona. 
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Comandante Manuel Prado

(Buenos Aires, 8 de Julio de 1863 - Rosario, Santa Fe, 7 de Mayo de 1932).

Militar y escritor argentino conocido por sus obras "Guerra al malón" y "La conquista de la pampa".

A los once años ingresó al Colegio Militar de Buenos Aires y ya en 1877 pasó a formar parte del Ejército Argentino. Iniciada, ese mismo año, la Conquista del Desierto ideada por Julio Argentino Roca, se incorporó al 3º Regimiento de Caballería y participo de los ataques dirigidos por Conrado Villegas desde Trenque Lauquen hasta Choele Choel (1879). Desde 1891 escribió algunos artículos que se publicaron en los periódicos "La Nación, "El Diario" y "El Tribuno". Tras más de veintiún años de servicio militar se le concedió su retiro en 1899. En 1907 publicó su libro "Guerra al malón".

Falleció en Rosario, Santa Fé, el 7 de Mayo de 1932.

Fuente: Wikipedia.



Glosario

Antonio Ataliva Roca (San Miguel de Tucumán, 10 de mayo de 1839 – Buenos Aires, 21 de mayo de 1912) hombre de negocios y político argentino. Fundó la ciudad de Ataliva en la provincia de Santa Fe. Era el hijo del Coronel Segundo Roca y hermano del Grl Julio Argentino Roca.

mayoral: encargado de gobernar a un conjunto de personas p.e. el que dirige una cuadrilla de trabajadores, una diligencia o una comunidad religiosa.

Pincen: Cacique ranquel.

postillón: Mozo que iba a caballo delante de los que corrían la posta para guiarlos, o montado en una caballería de las delanteras del tiro de un carruaje, para dirigirlo.

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