domingo, 18 de marzo de 2018

¿Convencer vs. Persuadir?



¿Convencer  vs. Persuadir?
por Alberto Juan Cebeira


(Publicado en el Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la U.M.; Nº 7, Mayo de 1994)


          La necesidad de comunicación es una pasión innata en el ser humano y es por ello, quizás, una de las formas más antiguas de su actividad.

          Los fines de la comunicación recuerdan, en términos generales, los del arte retórica y oratoria toda vez que comunicarse consistiría en "... influir en los demás, en el mundo físico que nos rodea y en nosotros mismos, de tal modo que podamos convertirnos en agentes determinantes y sentirnos capaces de tomar decisiones, llegado el caso. En resumen, nos comunicamos para influir y para afectar intencionalmente" (1).

          Por su parte, el arte oratoria se sustenta en la elocuencia, que es común -en mayor o menor grado- a todos los seres humanos y que se describe habitualmente como un talento que permite hablar o escribir de forma tal que deleite, conmueva y, especialmente, persuada a oyentes y lectores.

          También se ha dicho, con fuerte connotación poética, que es un "... soplo ardoroso, cierto ímpetu y espíritu de vida, nacido de la intensidad de los afectos y del brillo de la imaginación que impregna y penetra el discurso todo ... (2).

          La naturaleza da elocuencia al hombre, afirmaba Voltaire, "... cuando le agitan grandes pasiones o le impulsa un gran interés; el que está vivamente conmovido ve las cosas bajo otro punto de vista que los demás hombres; usa rápidas comparaciones y felices metáforas, sin darse cuenta de ello, animando su discurso y comunicando a los que le oyen parte de su entusiasmo" (3).

          En cuanto a su carácter, "La elocuencia puede ser buena o mala, una virtud o un vicio, un ángel o un demonio según el objeto que se propone y los medios que emplea ... Cuando la elocuencia sirve de instrumento a malas pasiones y a bastardos intereses; cuando en vez de afanarse por hacer triunfar a la inocencia se agita y revuelve por cubrir el crimen con el manto de la impunidad; cuando en vez de servir a la causa de los buenos principios presta su apoyo a las pretensiones del fraude y de la injusticia, entonces es un genio maléfico que no se revela al mundo sino para servirle de azote y de funesta plaga" (4).

          La elocuencia que persuade no se compadece con la verbosidad extrema, con el uso intencional de arcaísmos o neologismos, ni con desplantes declamatorios, ni con exclamaciones vehementes, ni con poses solemnes, y frecuentemente se la encuentra en unas simples palabras y en los canales de comunicación no verbales, en un gesto y aún en un silencio.

          En el lenguaje corriente y a pesar de su distinto significado, utilizamos los términos convencer y persuadir de manera indiferente.

          Así, convencer (lat. convencere; de cum: con y vencere: vencer), significa "...precisar a otro, con razones a que mude de parecer...".

          En tanto, persuadir (lat. persuadere; de per: insistencia y suadere: exhortar, aconsejar), quiere decir "...obligar a alguno con el poder de las razones o discursos que se le proponen, a que ejecute alguna cosa..."

          Podemos decir, entonces, que se convence al entendimiento y se persuade a la voluntad de las personas, correspondiendo lo primero a su esfera intelectual ("mudar de parecer") y el restante a la volitiva ("que ejecute alguna cosa").

          El convencimiento apela al intelecto, es un acto de la inteligencia y no implica, necesariamente, una acción, puesto que una persona puede estar convencida en cuanto al fondo de una cuestión, pero no estar decidida a ejecutar lo que se le aconseja.

          Así también, el convencimiento utiliza la vía racional, se llega al mismo a través de la demostración y es universal, entendiendo a este término como válido para todo aquél que posea una capacidad de razonamiento normal.

          Razonar, es la facultad de los seres humanos "que sirve para distinguir lo verdadero de lo falso y para aquilatar valores... " (5).

          Se desprende, entonces, que quien elija esta vía discursiva deberá concatenar lógicamente argumentos objetivos y tener presente que existe, generalmente, la posibilidad de efectuar comprobaciones empíricas respecto de sus conclusiones.

          Al respecto, Jordi Berrio señala que la finalidad del convencimiento es "... servir al individuo, en el sentido de proporcionarle nuevos conocimientos o, mejor, de hacérselos adquirir a él mismo, en un estilo parecido al de la "mayéutica" socrática. El individuo, pues, goza de libertad y no es conducido hacia una determinada actuación" (6).

          En cambio, la persuasión verbal (para distinguirla de otro tipo de persuasión: química, subliminal, etc.) al ejercer su influencia sobre la sensibilidad de los receptores, despierta sus sentimientos y emociones captando su voluntad y forzando sus acciones.

          En tal sentido, la persuasión es: "... un delicadísimo fenómeno psicológico ... [que apunta a]... Transformar la mentalidad y, por ende, la voluntad de quien escucha. El auditorio, originariamente, tiene sus ideas y sus propósitos; el orador sustenta otros, muy diversos; ahora bien; por la elocuencia, el uno transforma a los más; el orador logra imponer al auditorio sus ideas y su voluntad" (7).

          Por tanto, la persuasión se desarrolla a través de una argumentación estrictamente retórica y solo es válida respecto de un tiempo y una cultura determinada.

          Pero lo más importante es reconocer que no se desenvuelve en los dominios de la verdad, ya que, en virtud de lo expuesto, su ámbito existencial se encuentra en el reino de lo verosímil.

          Al respecto, deben citarse las palabras de Pascal: "... Yo no hablo, pues, aquí sino de las verdades que están a nuestro alcance: y, refiriéndome a ellas, digo que el entendimiento y el corazón son como las puertas por las cuales son recibidas en el alma; pero qué pocas entran por el entendimiento; mientras que son muchedumbre las que entran por la voluntad y por sus caprichos temerarios, sin consejo del razonamiento" (8).

          Ya en nuestros tiempos se ha dicho que "El psicoanálisis de masas aplicado a campañas de persuasión se ha convertido en una industria multimillonaria. Los persuasores profesionales se han apoderado de él en su búsqueda de métodos más eficaces para vender su mercancía, ya sea ésta artículos, ideas, actitudes, candidatos, metas o estados de ánimo ... La investigación motivacional es la que trata de indagar los motivos que inducen a elegir. Utiliza técnicas destinadas a llegar a lo inconsciente o subconsciente porque, por lo general, las preferencias se determinan por factores de los que el individuo no tiene conciencia ... En realidad, al comprar el consumidor generalmente actúa de manera emotiva y compulsiva, reaccionando inconscientemente ante las imágenes y las ideas asociadas en lo subconsciente con el producto" (9).

          Desde un punto de vista absolutamente práctico parecería entonces que persuadir es más importante que convencer, ya que el convencimiento es un estado previo a la acción y la persuasión conduce directamente a un hacer.

          Perelman y Olbrechts se han pronunciado en el tema diciendo que "Para quien le interese el resultado, persuadir es más que convencer, las convicciones no son sino el primer estadio que conduce hacia la acción. Para Rousseau, no es nada convencer a un niño si no se le sabe persuadir. Contrariamente, para quien está preocupado por el carácter racional de la adhesión, convencer es más que persuadir. Por otro lado, el carácter racional de la convicción se referirá tan pronto a los medios utilizados, como a las facultades a las que se dirige".

          En realidad, en todo discurso se mezclan insensiblemente y en proporción variable, dependiendo de sus fines, argumentos dirigidos a lograr el convencimiento y la persuasión.

          Así, por ejemplo, un discurso científico se dirige fundamentalmente a obtener la adhesión racional de un público determinado, tratando de soslayar toda apelación emocional o factores emotivos. En este tipo de discursos se manifiestan pensamientos exactos; método en la exposición; proporción entre las partes y claridad en la expresión, sin perjuicio de observar que "la relación entre las argumentaciones y las acciones por parte del auditorio son mediatas" (10).

          En el otro extremo del espectro se encontrarían, entonces, los discursos de neto corte persuasivo (o disuasivo) que, a través de la sugestión de la palabra y con la ayuda de argumentos verosímiles, tratan de obtener de receptores generalmente indeterminados una respuesta inmediata y acorde con los objetivos del discurso.

          "... Las sugestiones inspiradas mediante la palabra producen el placer y apartan el dolor ..." decía Gorgias hacia el s. V a.J.C. y añadía "... La fuerza de la sugestión, adueñándose de la opinión del alma, la domina, la convence y la transforma como por una fascinación ... Y ¡cuántos han engañado y engañan a cuántos y en cuántas cosas con la exposición hábil de un razonamiento erróneo!" (11)

          Estas sugestiones son producto de técnicas especiales que consisten, básicamente, en la sustitución de nombres, es decir, la posibilidad de utilizar términos favorables o desfavorables por su connotación emocional; la repetición o aumento desmedido de la frecuencia de una misma afirmación; la apelación "ad populum", preconizando el uso de un objeto o producto determinado, argumentando que son utilizados o consumidos por "todo el mundo", etc. (12).

           La generalidad de los oradores combina ambas vías en sus discursos (en forma consciente o inconsciente), procurando convencer al auditorio -en una primera etapa- de la verdad de su proposición a través de argumentos sencillos, fácilmente demostrables y comprensibles por medio del razonamiento.

          Posteriormente, ingresan inevitablemente en los dominios de la persuasión con su bagaje de elementos emotivos y afectivos: tabúes, miedos, palabras motivas, pasiones, apelaciones emocionales, etc.

          Este "ingreso" o nueva etapa discursiva ocurre cuando el oyente medio se encuentra "convencido" de las razones que se han esgrimido hasta ese momento a través de la pieza oratoria.

          No existe, en realidad, una fórmula exacta para reconocer el momento en el cual los receptores se encuentran "convencidos" y que autorice, por ende, el salto a las regiones de la "persuasión". Percibirlo y actuar inmediatamente en consecuencia, es una función directa de la fina sensibilidad y el talento de algunos oradores.

          Cabe concluir entonces, en que el convencimiento y la persuasión no pueden ser entendidos, dentro del plano oratorio, como sinónimos y menos aún, como contradictorios.

           Así entonces, deberemos representar a uno y a otra como sendos elixires que integran necesariamente una pócima en proporciones sabiamente calculadas, conforme a técnicas que permanecen estrictamente vigentes, aunque su práctica se remonte a la antigüedad más remota, en procura de obtener el ansiado discurso que permita al orador influir, intencional y exitosamente, en el ánimo de sus receptores.

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Referencias
  
1. Berlo, El proceso de la Comunicación; El Ateneo, 2004.
2. Oyuela, Elementos de Teoría Literaria; Estrada, 1918.
3. aut. cit., Diccionario Filosófico; Kraft, 1963.
4. López, Oratoria: Gil, 1943
5. Ruiz Moreno, Diccionario Filosófico; Kraft, 1963.
6. aut. cit. Teoría Social de la Persuasión; Mitre, s/f.
7. Majorana, El arte de hablar en público; Albatros, 1956
8. aut. cit., Elocuencia y Estilo; Tor, s/f.
9 Packard, Vance; Las formas ocultas de la propaganda; Eudeba, 1993.
10, Jordi Berrio, op. cit.; Mitre, s/f.
11. Gorgias, Elogio a Helena; Aguilar, 1982.
12. Brown. Técnicas de persuasión; Mirasol, 1965.

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