El Orador y los Medios
por Alberto Cebeira
(Publicado en
"La Revista", de la Escuela Superior de Guerra, Nº 529 abril-Junio/98)
Un orador es, en estos tiempos de
multimedia, mucho más que un individuo que pronuncia un discurso público con
cierta elocuencia y verba galana, con el objeto de entretener, informar,
conmover o deleitar.
Sostener esa proposición significa ignorar
o minimizar, al menos, la milenaria influencia de los oradores sobre los seres
humanos, la inmensa e irresistible penetración de los medios de comunicación y,
fundamentalmente, los fines del arte oratoria.
En la noción moderna de orador puede y debe
caber toda expresión que tenga entidad suficiente para convencer y persuadir
deliberadamente (1) a personas que forman parte de un público indeterminado,
para que realicen, individual o colectivamente, una acción u omisión.
Ello significa qué si bien cualquier
mensaje puede entretener o informar, conmover o deleitar, estos valores deben
considerarse como elementos de apoyo, porque aún queridos y apreciados por el
orador, no constituyen los objetivos fundamentales de su arte.
Un "video-clip", los llamados
comunicadores sociales, el candidato a un cargo político, un jingle televisivo,
un programa de ventas por televisión, etc., son otros tantos paradigmas de
oradores cuyos discursos se repiten incansablemente a lo largo de días y
noches.
Adviértase que los oradores y, contemporáneamente los medios que le
sirven de soporte, ejercen una suerte de fascinación hipnótica sobre los
individuos (2) de la que no es fácil liberarse, abandonando el lugar o pulsando
un botón de apagado.
No debe agregarse a estos remedios la
febril actividad que se conoce con el nombre de "zapping", porque su
ejercicio no constituye una franca actitud de abandono participativo sino la
prosecución de la búsqueda de un nuevo orador y discurso.
De allí el poder inmenso del orador y su
arte -potenciado al infinito en nuestros días por los medios electrónicos- que
motivó en su tiempo serias dudas a Platón, Cicerón y otros, sobre los presuntos
bienes que acarrearía la práctica de la oratoria al género humano y la defensa
aristotélica, que enfoca la cuestión como una variable dependiente del sentido
ético de quien expresa el discurso.
Para apreciar la técnica del orador y como
ésta se manifiesta a través de su obra, cualquiera sea la modalidad (discurso, videoclip,
jingles) y el medio por el cual se canalice, deben examinarse, previamente, los
factores que integrarían la personalidad de los seres humanos.
Según Platón, el alma humana está
compuesta por tres elementos -el intelecto, la voluntad y la emoción- cada uno
de los cuales posee una virtud específica en la persona y juega en ella un
papel determinante (3).
Un somero y desapasionado análisis nos
indica que todo discurso está expresamente diseñado para conquistar los
elementos del modelo platónico, es decir, que persigue alcanzar y cautivar el
alma de los individuos a quienes está dirigido.
Es por ello que luego de las etapas
comunes a casi todas las piezas discursivas, esto es, las costumbres oratorias,
el exordio y la proposición, el orador comienza, lentamente, con su tarea de
convencimiento.
Tratará de seducir, en primer lugar, al
elemento intelectual por medio de argumentos muy simples, tomados de la
experiencia, para que resulten fácilmente entendidos o asumidos por la
audiencia.
El gran público considera, comúnmente, que
los razonamientos fáciles y las demostraciones elementales que ha elegido y
embellecido el orador, con talento e ingenio, son verdades que se mantenían
ocultas o realidades que nunca fueron tomadas en cuenta.
En estos tramos discursivos suelen
deslizarse también, aún en forma involuntaria, razonamientos absolutamente
falsos que exhiben todo el aspecto de ser verdaderos, conocidos, desde la
antigüedad, con el nombre de falacias.
Resulta muy difícil para el público, por
no decir imposible, distinguir los argumentos válidos de los falaces, por
cuanto no puede detenerse a considerar la verdad o falsedad de cada uno en
particular, ya que ello significaría perder el hilo discursivo (4).
Y así llegará el momento en el que la
audiencia se encuentre "convencida" o "casi convencida" al
menos, en cuanto a las bondades de la proposición que defiende el orador, pero
esto no es sinónimo de "decisión" o "cambio" en el mundo de
la realidad.
Los integrantes del público, por una
suerte de inercia psicológica, pueden mantenerse indiferentes o incapaces de
adoptar decisiones, aún en virtud de aquellas razones u opiniones que han
aceptado íntimamente o que comparten en plenitud.
Es del caso citar aquí a los fumadores
empedernidos que "convencidos"
que el tabaco es definitivamente perjudicial para su salud por el consejo de
familiares, amigos, médicos, literatura científica, películas, ejemplos de vida, dolores físicos, etc.,
persisten en su adicción.
Por eso, luego de convencer a su público,
el orador se aprestará a utilizar todos los medios de persuasión a su alcance
para mover su voluntad.
Pero no es fácil determinar con exactitud
el impreciso momento en el que la audiencia se encuentra preparada para que el
orador pueda abordar y manipular la esfera volitiva de todos y cada uno de sus
miembros.
Los oradores expertos solo se arriesgan a
comenzar esta nueva etapa cuando perciben, por medio del lenguaje no verbal,
ciertas señales inequívocas que indican que el público se encuentra listo para
esa transición.
Entonces, más o menos conquistado el
elemento intelectual en base a la entidad de los argumentos expuestos, el
orador intentará captar la voluntad de su público con la ayuda de dos medios
que se consideran fundamentales: la afirmación y la repetición.
La simple afirmación, ha dicho Le Bon,
despojada de todo razonamiento y prueba, es uno de los medios más seguros para
inculcar las ideas en el espíritu de las muchedumbres. Cuanto más concisa sea
la afirmación y más desprovista de prueba y demostración, mayor será su
autoridad (5).
No obstante, la simple afirmación
carecería de verdadero influjo sobre los auditorios si no se la combinara con
una conocida figura retórica: la repetición (6).
La amalgama de afirmación y repetición
termina por incrustarse en aquellas regiones íntimas de lo inconsciente donde
se elaboran los motivos de nuestros actos, dice Le Bon, pudiendo llegar a
transformarse con el tiempo, en función a su intensidad y frecuencia, en una
corriente de opinión.
Esto no significa la negación del uso de
otros medios persuasivos auxiliares audibles, visuales o combinados (música,
grandes murales, pantallas gigantes de televisión, etc.) antes, durante y al
final del acto oratorio.
Sin embargo, los guías son el medio persuasivo
más común y de más bajo costo que utilizan universalmente los oradores para
intensificar la captación del elemento volitivo de sus oyentes.
Estos infaltables e infatigables
personajes siempre se encuentran distribuidos estratégicamente entre el
auditorio y tienen por misión aplaudir, abuchear, silbar, lanzar gritos
histéricos, vociferar estribillos o consignas, etc., conforme a las estrictas
instrucciones que se le imparten.
La actuación de los guías también es
ampliamente utilizada en espectáculos televisivos, líricos, teatrales y aún en
filmes cinematográficos y canales análogos (7) porque tienen una influencia
instantánea y decisiva sobre el auditorio, en razón del fenómeno de imitación o
contagio, minuciosamente estudiado por Tarde, Le Bon, Ramos Mejía, Freud y
otros.
Es el contagio y no el razonamiento,
afirma Le Bon (8), el vector que facilita la propagación de las opiniones y
creencias entre las muchedumbres y esta opinión parece reafirmarse en una obra
de Freud (9).
A esta altura del discurso, sino antes, ya
que su momento exacto depende de algunas variables (10), el orador insistirá en
su proposición mediante la manipulación del elemento emocional.
Este accionar se fundamenta en el aserto
de que los seres humanos se conducen, en todo tiempo y lugar, de conformidad
con mitos, tradiciones, opiniones y hábitos comunes; en tanto, en el plano
individual florecen sus pasiones, entendidas como inclinaciones o preferencias
fuerte y precisamente determinadas.
Tanto los mitos y creencias como así
también las pasiones, negativas o positivas, pueden ser y son, en efecto,
ordenadas y orientadas por el orador para potenciar (hasta el paroxismo
histérico, en algunos casos) la persuasión de su público.
Como decía Gómez Hermosilla:
"Convencer es probar al entendimiento que una cosa es verdadera o falsa,
buena o mala; persuadir es determinar a la voluntad a que obre en consecuencia
con este convencimiento ... Con los argumentos convencemos solamente; pero
supuesta la convicción, y aunque esta no sea tal vez completa persuadimos con
las costumbres y las pasiones" (11).
En resumen, la actividad de todo orador,
entendiendo a este término en su sentido más amplio, no tiene por objeto
principal el entretenimiento, información, solaz o deleite del público, ya que
apunta inexorablemente a lograr el convencimiento y la persuasión de todo
individuo a quien esté dirigida la pieza oratoria, esto es, subyugar su
voluntad.
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Notas
1. Es curioso comprobar que pesar
de su distinto significado, los términos convencer y persuadir se utilizan,
comúnmente, como sinónimos. Convencer (lat. convencere; de cum: con y vencere:
vencer), significa "... precisar a otro, con razones a que mude de
parecer..." y persuadir (lat. persuadere; de per: insistencia y suadere:
exhortar, aconsejar), quiere decir "... obligar a alguno con el poder de
las razones o discursos que se le proponen, a que ejecute alguna cosa..."
2. Editorial de La Prensa,
05-06-97, pág. 11.
3. En la filosofía platónica la
virtud del intelecto es la sabiduría o el conocimiento de los fines de la vida;
la de la voluntad el valor o la capacidad de actuar, y la de las emociones, la
templanza o el autocontrol.
4. Las falacias, paralogismos o
sofismas son errores en el razonamiento o la argumentación. Las falacias de
atingencia son aquellas en que sus premisas carecen de conexión o relación
(atingencia lógica) respecto de la verdad o falsedad de las conclusiones que se
pretenden establecer. Las de ambigüedad se cometen cuando se confunden
distintos significados de una palabra o frase, al usarlos con sentidos diversos
dentro de un mismo contexto.
5. Le Bon, Gustavo, Psicología de
las Multitudes.
6. Es un procedimiento retórico
general que puede consistir en la reiteración de palabras idénticas
(reduplicación, anadiplosis, etc.), o de palabras con cierta igualdad
(paranomasia, rima, etc.) o de palabras de igual significación (sinonimia sin
base morfológica).
7. Adviértase, p.e., que en casi
todos los filmes musicales se acostumbra a destacar la actuación del
cantante-estrella por medio de una breve escena intercalada en la mitad de su
actuación, en la que seguramente se verá a dos o más actores que con emoción o
alegría -según el caso- se efectúan, recíprocamente, gestos de asentimiento,
dando a entender el placer que les produce la interpretación o su excelencia.
El lector recordará cientos de ejemplos similares aún en películas de otros
géneros.
8. op. cit.
9. Freud, Sigmund, Psicología de
las masas, "... Es indudable que existe en nosotros una tendencia a
experimentar aquellos afectos cuyos signos observamos en otros; pero ¿cuantas
veces nos resistimos victoriosamente a ella, rechazando el afecto, e incluso
reaccionando de un modo completamente opuesto?
Y siendo así, ¿por qué nos entregamos siempre, en cambio, al contagio
cuando formamos parte integrante de la masa? ..."
10. Tema del discurso, edad,
sexo, condición social, situación cultural y económica media, etc.
11. Aut. cit., Arte de hablar en
prosa y en verso.
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